El laboratorio clandestino de la calle Chile apestaba a una mezcla de ácido fénico, humedad estancada y formol de morgue. Clara bajó los escalones de cemento de a dos, cuidando que el taco de sus botas no hiciera demasiado ruido contra los peldaños húmedos. Para esa tarde, había modificado levemente su aspecto: la nariz un poco más recta, los pómulos más altos y los ojos ensombrecidos por una falsa ojera. Andrés la esperaba junto a la mesa de acero inoxidable, con la bata desabrochada sobre una camisa celeste arrugada y las mangas enrolladas hasta los codos.
—Llegaste con el tiempo justo, che —dijo él, sin levantar la vista del microscopio—. El contacto de la heladera de sangre me dio solo dos horas.
Clara cerró la puerta de chapa con el hombro, dejando fuera el ruido de la calle. Se quitó el abrigo y se arremangó el suéter gris. Andrés ya sostenía la jeringa; la aguja brillaba bajo la luz mortecina del tubo fluorescente que parpadeaba en el techo.
—No me puedo quedar a la milonga de hoy si tardamos mucho —murmuró ella, aunque en el fondo deseaba que el proceso se estirara. Le gustaba sentir la presión de los dedos de Andrés en su antebrazo, esa forma casi devota con la que él observaba el flujo de su sangre dentro del tubo de vidrio.
—Esta es la sexta muestra —explicó Andrés, mientras introducía la aguja con pulso firme—. Si la reacción celular se mantiene estable, el lunes podemos probar el suero en el pibe de Flores. El que ya no puede mover las piernas.
Clara asintió en silencio. La red de cambiantes tenía reglas estrictas: no hablar de la enfermedad, no dar nombres a los de afuera. "Si cae uno, caemos todos en la misma fosa", le había advertido la Beba en el baño de El Gricel. Pero Andrés le había prometido inmunidad absoluta; las muestras figurarían bajo códigos alfanuméricos. Y ella le creía, porque la forma en que él pronunciaba su nombre real la hacía sentir que valía la pena arriesgar la piel.
El estruendo de la puerta de chapa al abrirse los congeló. El Viejo Miguel entró sin pedir permiso, con su saco de alpaca azul marino cruzado sobre el pecho ancho y el pelo canoso aplastado por una capa densa de gomina que brillaba bajo el fluorescente. Traía un sobre de papel madera arrugado en la mano.
—Mirá lo que encontré en la taquilla del club, Clara. O lo que queda de tu decencia —escupió el viejo, tirando el sobre sobre la mesa de acero. La jeringa de Andrés tintineó contra un vaso de precipitados.
Clara sintió que el rostro se le desmoronaba por el susto, amenazando con volver a la forma que Miguel conocía desde hacía años. Se obligó a sostener la máscara facial con un esfuerzo que le tensó los tendones del cuello.
Miguel abrió el sobre con dedos torpes. Adentro había tres viales vacíos con el sello del hospital de Andrés y una nota manuscrita por Clara con indicaciones de conservación.
—Te vi salir de este sótano la semana pasada, nena. Te seguí porque pensé que andabas de trampa con algún bacán. Pero esto es peor. Esto es entregarle la marca de la familia a los científicos —dijo Miguel, con una mueca de desprecio que dejó ver sus dientes manchados de tabaco.
Andrés dio un paso al frente, interponiéndose entre el viejo milonguero y Clara.
—Señor, esto es una investigación médica privada. La señorita Insúa está colaborando para salvar vidas de su propia comunidad.
Miguel soltó una carcajada seca, que sonó como un golpe de taco sobre madera.
—¿Salvar vidas? No me vengas con el verso, doctorcito. Vos querés la patente de nuestra sangre para vendérsela a la Federal o para hacerte famoso a costa de nosotros. Yo pasé la dictadura escondido en los sótanos de San Telmo; sé perfectamente cómo terminan estas listas de buena voluntad.
Clara avanzó, ignorando el pinchazo de la aguja que Andrés acababa de retirar.
—Miguel, escuchame. La red está a salvo. Andrés quemará los registros personales en cuanto tengamos la fórmula. Nadie va a saber de dónde salió.
—¿Andrés? Ya lo llamás por el nombre de pila —dijo Miguel, mirándola con una mezcla de lástima y rencor—. Mañana es la milonga de San Telmo. La Beba y los muchachos van a estar ahí. O venís con nosotros y les explicás a todos qué hacés con este tipo, o mañana mismo este sobre termina en la oficina de control de la Federal. Elegí, Clara: o tu gente o el doctorcito.
Se dio la vuelta y se marchó, haciendo temblar las paredes de ladrillo visto con el portazo.
Andrés se pasó la mano por la frente, dejando una mancha gris de grafito en la sien. Sus ojos verdes denotaban un cansancio de años.
—Si querés dejarlo acá, lo entiendo —dijo, con la voz apagada.
Clara miró el vial de vidrio lleno de su sangre caliente. El deseo de seguir adelante, de romper las cadenas del miedo junto a él, era un fuego que no podía apagar.
—Voy a ir a San Telmo —contestó—. Pero no a pedir perdón.
Esa noche, el salón de la calle Chile estaba saturado de humo de cigarrillos Particulares y olor a transpiración de nylon de las camisas. Las luces rojas y amarillas de la pista se reflejaban en el piso de mosaicos calcáreos, gastados por décadas de suelas curtidas. El murmullo de la concurrencia corría por debajo de los acordes de la orquesta como un río de sospechas: "la Insúa anda en cosas raras", "el viejo Miguel anda diciendo que nos van a fichar a todos".
Clara entró con el saco negro ajustado y el pelo tirante, una máscara de frialdad que ocultaba el temblor de sus manos. Vio a Andrés en una esquina de la barra, de espaldas, sosteniendo un vaso de vermú con hielo. No se miraron directamente, pero el reflejo del espejo manchado detrás de las botellas los mantuvo unidos.
Miguel no tardó en aparecer. La tomó del codo antes de que pudiera sentarse, apretando los dedos con una fuerza que le dejó marcas rojas en la piel.
—Vamos a la pista, nena. Mostrale a los muchachos que todavía sos de los nuestros —le ordenó al oído.
La orquesta atacó un tango rítmico, de esos que exigen precisión de cirujano en los pies. Miguel la llevó al centro del salón con un abrazo de hierro, demasiado bajo en la espalda. Clara dejó que su cuerpo se adaptara al vaivén, pero mantuvo una distancia prudencial, negándole el pecho.
—Te vi en el sótano, Clara —le siseó Miguel mientras giraban—. Vi cómo te miraba ese tipo. No es solo sangre lo que busca de vos. Quiere tu forma. La nuestra. La que nos costó tantas vidas proteger de los milicos.
—Andrés tiene un plan para protegernos, Miguel. Si el suero funciona, tendremos una moneda de cambio para que nos dejen de perseguir —susurró ella, cuidando de no mover demasiado los labios para no llamar la atención de las parejas vecinas.
—¿Negociar con el Estado? Sos una ingenua. Te van a meter en una jaula de vidrio y van a exprimir a tus hijos —dijo Miguel, apretándola más contra su saco de alpaca húmedo—. Mañana a la tarde te quiero en El Gricel. Le vas a entregar las muestras que te quedan a la Beba para que las destruya. Si no aparecés, la Federal va a tener tu dirección real antes del amanecer.
Clara miró por encima del hombro de Miguel hacia la barra. Andrés la observaba con el vaso suspendido a mitad de camino, con una mirada cargada de una desesperación silenciosa. Ella sintió un tirón en el pecho: el deseo de cruzar la pista, tirar al viejo al suelo y huir con el médico hacia cualquier frontera.
La pieza terminó con un acorde seco de bandoneón. Miguel la soltó del codo con un desprecio evidente.
—Pensalo bien, Clara. Un paso en falso y se acaba la milonga para todos.
Clara quedó inmóvil en medio del salón, mientras las parejas se dispersaban buscando las mesas. El aire se sentía espeso, cargado de la tormenta que se avecinaba sobre San Telmo.