La luz del atardecer se filtraba por las persianas americanas del departamento de Congreso, cortando el aire cargado de polvo en láminas doradas. Sobre la mesa de hule gastado, Andrés Quillay había desplegado un mapa del desastre: planillas de mortalidad de la provincia, estadísticas de los hospitales de Avellaneda y Lanús, y anotaciones manuscritas con tinta roja que se mezclaban con partituras de tango amarillentas y el estuche abierto de un violín. El olor a resina del instrumento competía con el aroma amargo del mate que Andrés cebaba desde la cocina.
—Mirá estos números, Clara —dijo Andrés sin levantar la vista, con la voz tomada por esa fiebre que le daba la investigación—. Diecisiete pibes en Lanús solo el mes pasado. Es la misma anomalía genética en el cromosoma 7. Les seca los pulmones antes de que cumplan los doce años. Si tu suero celular estabiliza la proteína, podemos frenar la necrosis en seis meses. Seis meses, che.
Clara permaneció inmóvil junto a la ventana, con la cartera colgada del hombro como si estuviera a punto de huir. Pasó los dedos por el terciopelo gastado del sillón borgoña; el tejido estaba frío y apelmazado. Recordaba la oscuridad protectora de El Gricel, la complicidad del apagón. Esta luz diurna, en cambio, la hacía sentir desnuda, expuesta al bisturí de las planillas.
—Vos no entendés lo que estás pidiendo, Andrés —dijo, arrastrando las eses con un susurro tenso—. Si la red de cambiantes se entera de que ando entregando muestras, me linchan. O peor: si el Estado mete las narices en tus papeles, nos caen encima a todos. Desde el año pasado hay tipos de civil dando vueltas por las milongas. Vos decís "salvación" y yo huelo a calabozo. Un fichero con nuestras caras reales. ¿Y después qué? ¿Nos aíslan en un lazareto?
Andrés levantó la cabeza. Sus ojos verdes brillaban detrás de los anteojos de carey con una urgencia casi mística. Se quitó el delantal clínico, dejándolo sobre la silla, y dio un paso hacia ella. Sus anteojos reflejaron las franjas de luz de la ventana.
—No te pido que te entregues a nadie, Clara. Te pido que mires la realidad. Mientras nosotros bailamos en las milongas fingiendo que el mundo no cambió, estos pibes se mueren ahogados en camas de hospital. Mirá el foco de La Boca: ochenta casos en tres manzanas. Si no actuamos ahora, el invierno que viene los va a barrer a todos.
Le tendió el mate. Clara lo aceptó para entibiar sus manos. El sabor de la yerba era fuerte, casi salado de tanto reposar. Compartieron la bombilla en silencio, mientras el rumor de los colectivos de la avenida Callao subía por el tragaluz del edificio. En el viejo pasacasetes de Andrés, una grabación de Troilo masticaba un tango triste, como un testigo mudo de la negociación.
—Vení —murmuró Andrés, extendiendo la mano—. Dejá los papeles de lado por un minuto. Bailá conmigo acá, sin orquesta, sin testigos. Si no podés confiar en el médico, confiá en el hombre que te sostiene en la pista.
Clara dejó el mate sobre la mesa de hule y dio un paso al frente. El abrazo se armó con una fluidez casi dolorosa. Él la tomó por la cintura; ella apoyó la mano en su hombro, sintiendo la tensión de sus tendones bajo la camisa de algodón. Empezaron a caminar sobre las tablas crujientes de la sala, dibujando ochos lentos entre la mesa de trabajo y el estuche del violín.
Pero el ensayo duró poco. Al segundo giro, cuando el cuerpo de Clara se amoldó al de Andrés y sintió la presión exacta de sus dedos en la espalda, la distancia profesional se evaporó. El abrazo se volvió posesivo, denso. Clara cerró los ojos, aspirando el olor a tabaco y alcohol de quemar que impregnaba la ropa de Andrés. Sintió que sus propios huesos querían ablandarse, ceder a la tentación de mostrarle su verdadera naturaleza.
Andrés la guió hacia la silla de madera, la sentó con suavidad y, sin romper el contacto físico, le tomó la muñeca derecha. Sus dedos buscaron la flexión del codo, allí donde la vena azul latía con un ritmo desbocado. El roce de su índice sobre la piel fue lento, clínico, pero cargado de un deseo que excedía la ciencia.
—Es acá —susurró él, con la voz ronca—. Dos tubos de ensayo. Nadie lo va a saber. Solo yo.
Clara miró las notas de laboratorio desparramadas sobre la mesa. En una de ellas, manchada de café, Andrés había escrito de puño y letra: *"¿Si los cambiantes se extinguen en el anonimato, quién recordará su belleza?"*. El bandoneón de la cinta seguía arrastrando su lamento metálico. El deseo de entregarse a él, de ser su milagro, luchaba contra el terror ancestral a ser clasificada, rotulada y perseguida.
—Si firmo ese consentimiento, Andrés, dejo de ser Clara Insúa —dijo ella, con los ojos fijos en la aguja estéril que él ya sostenía—. Me convierto en la muestra número cuatro. En la que vendió a su gente por una promesa de laboratorio.
Andrés no soltó la muñeca. Su pulgar seguía acariciando el trayecto de la vena.
—Entonces no firmes nada. Pero no te vayas de acá dejándome a oscuras. Si te descubren, yo caigo con vos. Ya estoy adentro, Clara.
Ella se puso de pie, retirando la mano con una lentitud que dolió a ambos. Tomó el formulario de consentimiento, lo dobló en cuatro partes y se lo metió en el bolsillo del abrigo. El papel crujió como una advertencia. Andrés la acompañó hasta la puerta sin decir palabra. El cerrojo de la puerta de entrada cayó con un golpe seco que retumbó en el pasillo del edificio. Afuera, las luces de Congreso empezaban a encenderse bajo un cielo de plomo. Adentro, el casete terminó de girar, dejando al departamento sumido en un silencio de tumba.