El verano porteño de 1985 estrangulaba a Buenos Aires como un abrazo del que era imposible zafar. En El Gricel, la humedad pesada se colaba por las ventanas de la calle San Juan, pegándose a la nuca de Clara Insúa como un sudor ajeno mientras esperaba en la orilla de la pista. El piso de pinotea exhalaba un olor resinoso de cera rancia, tabaco negro y perfume barato de milonguera. Afuera, el generador de la esquina roncaba con un estertor de bandoneón desafinado; adentro, la orquesta estiraba las notas de un tango lento, suspendiendo el aire caliente bajo el zumbido eléctrico del local.
Clara bailaba con su socio habitual: un contador jubilado, de saco beige rancio, que repetía los mismos ochos mecánicos sin registrar su rostro. Ella mantenía la mandíbula neutra, los pómulos suaves, la mirada apagada; la perfecta fisonomía de la nada. Su secreto consistía en eso: ser una sombra entre las cambiantes que rondaban la noche porteña. Con una sutil tensión interna, Clara podía desplazar la densidad de sus huesos, afilar su barbilla o alterar el arco de sus cejas para amanecer siendo otra. El anonimato era su única fe. Cada milonga que terminaba sin que nadie la recordase era una batalla ganada.
—Che, Clara, ¿no te cansás de dar siempre la misma vuelta? —le susurró el contador, con un aliento espeso a cigarrillo de hoja.
—Mientras el piso resbale, no —respondió ella, con una modulación chata, inexpresiva.
De pronto, la luz parpadeó. Una agonía de filamentos amarillos. Dos veces. La orquesta arrastró un compás más en la penumbra y luego sobrevino la ceguera: se apagaron los apliques de las columnas, el cartel de "Prohibido fumar" y el resplandor rojo de la barra. Solo quedó el ronroneo del generador y el oleaje de susurros en la oscuridad.
—¡Apagón! —bramó una voz al fondo.
Nadie se movió. En las milongas del ochenta y cinco, la falta de luz era casi una figura del baile. Algunas parejas siguieron deslizándose a tientas, unidas por la memoria táctil y el calor de los cuerpos. Clara se desprendió del contador con un "gracias, che" que sonó a clausura y buscó la salida lateral hacia la calle. Necesitaba aire, aunque la noche de la ciudad era una sopa de asfalto y humedad que se metía en los pulmones como algodón sucio.
Bajo el cono amarillo de un farol que sobrevivía a la baja de tensión, dos muchachos de hombros caídos acorralaban a un hombre de traje claro. El desconocido mantenía la mano derecha hundida en el bolsillo del saco, protegiendo un bulto pequeño. El más bajo de los pibes blandía una navaja corta, cuya hoja captaba un brillo sucio.
—Dame la billetera, doctorcito. Te tengo calado del Clínicas —escupió el más alto, con esa tonada arrastrada y filosa de las orillas de San Telmo.
El hombre del traje —alto, de cabello oscuro engominado hacia atrás y anteojos de carey— no perdió la postura. Su voz sonó con una frialdad casi anatómica:
—No llevo efectivo, pibe. Si querés el reloj, tomalo. Pero guardá eso antes de que te lastimes.
Clara se aplastó contra el marco de madera de la puerta. Su regla de oro era inflexible: no intervenir, no dejar huellas, no alterar su rostro ante testigos. Pero la fijeza del médico —su forma de plantar los pies, midiendo la distancia de un posible estocada como quien calcula un pulso— le despertó una curiosidad punzante. ¿Y si era el cirujano del que hablaban las chicas, el que andaba buscando muestras de sangre raras en la noche?
Los muchachos se impacientaron; el de la navaja acortó la distancia. A Clara le dolió la sien. Respiró hondo, concentró la voluntad en sus facciones y forzó un cambio: dos milímetros de hueso se expandieron en su mandíbula, endureciendo su perfil y dotando a sus ojos de una fijeza casi masculina. Salió de la sombra con esa nueva y amenazante geometría.
—Che, boludos, ¿por qué no van a joder a otra parte? —soltó, con una voz que bajó una octava, ronca y pesada.
Los dos pibes se giraron. Encontraron un rostro que no encajaba en los moldes de la calle: una mandíbula de piedra y una mirada que devolvía la luz del farol con una vibración animal. El de la navaja vaciló, tropezó con el cordón y murmuró un "¡Qué carajo...!" antes de ganar la carrera calle San Juan arriba junto a su compañero.
El médico quedó inmóvil, clavando sus ojos verdes en Clara. Ella ya había relajado la tensión facial; sus facciones regresaban a la plantilla común, pero el corazón le golpeaba el pecho como si hubiera corrido un sprint. El hombre guardó el reloj sin prisa y dio un paso hacia ella.
—Andrés Quillay —se presentó, con una inclinación de cabeza—. No suelo requerir custodios, pero reconozco la eficacia. Gracias.
Clara no le entregó un nombre. Se dio la vuelta para regresar al salón, pero Andrés la siguió, atraído por el magnetismo del peligro compartido.
Adentro, el generador mantenía un hilo de luz mortecina. La orquesta atacaba un tango a la antigua, sin amplificación: solo el lamento seco del fuelle y el llanto del violín sobre las maderas gastadas. El calor concentrado de los cuerpos evaporaba el vino derramado en las mesas traseras, cargando el ambiente de un vaho dulzón y ácido.
Clara intentó perderse en la marea de la pista, pero la mano de Andrés ya estaba allí, extendida en un ademán que no admitía negativa.
—¿Me concedés este? —preguntó, con un acento del interior, pulido por años de asfalto porteño.
Ella dudó un latido. Luego, colocó su mano sobre la de él y dejó que la guiara hacia su cintura. El contacto fue un latigazo. Andrés no la tomó como un milonguero común; apoyó la palma con una precisión anatómica, buscando el centro de gravedad de su columna, auscultando la tensión de sus músculos a través de la seda del vestido. Ella sintió el calor de esos dedos clínicos grabándose en su piel.
No hablaron. El tango impuso su ley de silencio. Clara marcó la pisada y él descifró el movimiento al instante. En la penumbra de la pista, los cuerpos rozaban, tropezaban y se disculpaban en susurros, pero ellos dos se movían en un vacío perfecto. El abrazo se estrechó: pecho contra pecho, la cadera de él midiendo la flexión de la de ella. Clara percibió el aroma a jabón neutro y antiséptico que emanaba de su cuello; él, por su parte, debió sentir la sutil vibración de los cartílagos del rostro de Clara, porque su pulgar rozó la línea de su oreja con una lentitud inquisitiva.
*Sabe*, pensó Clara, con una puntada de pánico en el vientre. *Sabe lo que soy.* Pero el cuerpo de Andrés no delataba rechazo, sino una fijeza obsesiva. Había una complicidad subterránea en su abrazo, la marca de agua de quienes viven ocultando una anomalía.
El bandoneón trepó a una nota aguda y sostenida. Andrés la giró en un lazo cerrado; ella respondió con un gancho que mordió la pantorrilla del médico. El calor del apagón, el olor a cera caliente y el pulso acelerado de Andrés confluyeron en una tensión que le cerró la garganta. Él inclinó la cabeza, rozando con sus labios la sien de ella.
—Tenés una estructura singular —le murmuró al oído—. Te vi la cara bajo el farol. Sé lo que hiciste.
Clara no desmintió. Presionó la mano de Andrés contra su espalda, obligándolo a marcar un paso largo que los alejó de la luz del bar. El subtexto estaba echado: los dos sabían que el juego había comenzado.
Bailaron tres tangos seguidos, ajenos al mundo que chocaba a su alrededor. En el segundo, ella se entregó a un volcado profundo, sostenida por la firmeza de unos brazos acostumbrados a cargar cuerpos inertes. En el tercero, mientras la luz del generador amenazaba con volver, Clara miró el techo descascarado por la humedad y deseó que la negrura durase para siempre.
De repente, las bombillas parpadearon y la luz blanca de los tubos fluorescentes cayó sobre la pista como un balde de agua fría. Clara recuperó su rostro habitual al instante. Andrés la miró de frente: sus ojos verdes estaban surcados de venillas rojas y una cicatriz antigua le partía la ceja izquierda.
Ella rompió el abrazo con brusquedad. El sabor de la adrenalina le llenaba la boca. Sabía que se había expuesto, que el anonimato que tanto protegía se había quebrado en esa baldosa.
Andrés la retuvo un segundo por la muñeca.
—Clara —dijo, pronunciando el nombre que ella nunca le había dado—. Si alguna vez necesitás un lugar donde no tengas que esconder tu verdadera forma... estoy en el Hospital de Clínicas. Guardia nocturna.
Ella se soltó y se deslizó entre las parejas que aplaudían el regreso de la luz. Salió a la noche húmeda de la calle San Juan, sintiendo el calor de la mano de Andrés impreso en su cintura como una quemadura que ningún vestido lograría tapar.