Clara escapó por la azotea, saltó a la casa vecina y llegó al instituto al amanecer con una rodilla sangrando. El edificio estaba cerrado por reformas financiadas, cómo no, por la campaña de Llera. En la fachada colgaba un cartel: “EDUCAR ES DAR FUTURO”. Clara casi se rió.
Conservaba una llave del aula de literatura. Dentro, las mesas estaban apiladas y la pizarra aún tenía escrita la última frase que había enseñado: “La verdad no siempre vence, pero insiste”.
Buscó en armarios, expedientes, viejos reproductores. Nada. Hasta que recordó el proyecto de radio escolar de hacía seis años. Mateo participaba con un programa llamado “Noticias que los adultos no oyen”. Grababa todo en una grabadora roja.
La encontró detrás de un panel de corcho, pegada con cinta envejecida.
Al pulsar play, la voz de Mateo llenó el aula, más viva que cualquier fantasma.
—Hoy nos llevan a ver pozos nuevos, pero el conductor se equivocó tres veces y la seño Clara no viene. Dijeron que estaba enferma, pero yo la vi en la mañana discutiendo con el director. Mi hermano Simón dice que si desaparecemos, dejemos migas de sonido.
Clara sintió un escalofrío. Ella no había faltado por enfermedad: el director le cambió la excursión a último momento para enviarla a una reunión falsa. La habían separado del grupo.
La grabación continuó con voces de adultos.
—Llera quiere imágenes de niños agradecidos, no problemas —decía una mujer.
—Los que no tengan familia registrada se quedan en Oasis —respondía un hombre—. Los demás vuelven después del acto.
Luego se escuchó a Mateo, muy cerca del micrófono:
—Si encuentra esto, seño, no me busque sola. Busque a los que no votan. Ellos sí saben contar.
Clara entendió el mensaje cuando vio las paredes del aula: antiguos dibujos de sus alumnos, firmas, manos pintadas. Los que no votan: los niños.
A mediodía, Clara reunió a una docena de antiguos estudiantes por canales privados. Algunos eran repartidores, otros camareras, uno tocaba en el metro. Todos recordaban a Mateo. Todos odiaban a Llera. Pero odiar no bastaba.
—Esta noche es el debate final en la plaza —dijo Clara—. Llera va a prometer agua gratuita. Necesitamos proyectar las pruebas en directo.
—Nos van a cortar internet —advirtió Amina, exalumna y ahora técnica de sonido.
—Entonces usaremos la radio escolar.
—Eso llega a tres manzanas.
Clara conectó la grabadora roja a un viejo transmisor.
—Antes sí. Pero Nico puede abrir las antenas de los camiones cisterna. Tienen repetidores para coordinar repartos. Si los tomamos, toda la ciudad escuchará.
En ese momento entró Vera Salvatierra, la periodista, con Nico detrás. Él tenía un ojo morado y la memoria en la mano.
—Tu hermano cuenta rápido cuando lo persiguen —dijo Vera—. Y esto no solo implica a Llera. Implica jueces, empresarios y al director de tu instituto.
Nico miró a Clara, esperando una condena. Ella no se la dio. Todavía.
—Primero encontramos a Mateo —dijo.
Vera negó con tristeza.
—Clara, hay una lista. Mateo figura como “trasladado”. Sin destino.
La grabadora, que nadie tocaba, emitió de pronto un clic. Una última pista automática se reprodujo con voz distorsionada por los años.
—Seño… si vuelvo tarde, dígale a Simón que no entré al pozo. Me escondí debajo del camión de las botellas verdes.
Nico abrió los ojos.
—Botellas verdes… No eran de agua. Eran de oxígeno industrial. Ese camión sigue yendo a las salinas.
La plaza del debate quedaba al norte. Las salinas, al sur. No había tiempo para ambas.
Clara miró las pruebas, luego la carretera del desierto.
—Ustedes den la lección en la plaza —dijo—. Yo voy por el niño que aún está hablando.