Clara apagó las luces y arrastró a Nico hacia el baño, el único sitio sin ventanas. Los golpes continuaron.
—Explícame —le exigió en voz baja.
Nico tragó saliva.
—Hace dos años me contrataron para reparar móviles en un almacén fuera de la ciudad. Decían que era para una fundación que llevaba tablets a niños pobres. Pero los teléfonos estaban bloqueados, llenos de audios, fotos, ubicaciones. Yo solo debía limpiarlos.
—¿Limpiaste pruebas?
—No lo sabía al principio.
Clara lo miró como si acabara de descubrir a un extraño usando la cara de su hermano.
Los golpes cesaron. Luego sonó una voz amable desde el rellano.
—Clara Vidal, soy Tomás Arce, del equipo legal de Damián Llera. Queremos ayudarla con el malentendido del instituto. Abra, por favor.
Nico apretó el brazo de Clara.
—Él no es abogado. Es el que se lleva los teléfonos.
Clara recordó a Tomás: aparecía siempre detrás del candidato, con traje gris y ojos de hombre que nunca parpadeaba en las fotos. De pronto, el escándalo del instituto tuvo sentido. No la habían expulsado por un video. La habían apartado antes de que el buzón decidiera hablar.
Nico levantó una baldosa floja bajo el lavabo y sacó una memoria diminuta envuelta en plástico.
—Guardé algo. Por miedo, por culpa, no sé. Hay nombres de niños desaparecidos y pagos a empresas de camiones cisterna. Oasis no es un lugar turístico. Es una planta clandestina en el desierto, cerca de las salinas. Allí esconden a menores migrantes y huérfanos para usarlos en campañas, chantajes, trabajos… Clara, Mateo estuvo allí.
—¿Estuvo?
Nico bajó la mirada.
—No sé si sigue vivo.
Un crujido llegó desde la entrada. Estaban forzando la cerradura.
Clara abrió la ventana del baño, que daba a un patio interior. Era pequeña, demasiado para un adulto, pero no para Nico. Le entregó la memoria.
—Sal. Busca a Vera Salvatierra, la periodista que denunciaba cortes de agua. Dile que voy al instituto.
—¿Al instituto? ¿Estás loca?
—Mateo grabó ese mensaje en una excursión escolar. Si hay más, estarán donde empezó todo.
Nico quiso protestar, pero la puerta del piso cedió con un golpe. Clara empujó a su hermano por la ventana y, antes de que Tomás entrara, abrió el grifo del lavabo y dejó que el agua corriera, un lujo casi criminal en Puerto Seco.
Cuando Tomás apareció, Clara estaba de pie en mitad del pasillo con el móvil en la mano.
—Qué desperdicio, profesora —dijo él, mirando el baño inundarse.
Clara sonrió por primera vez en una semana.
—Entonces venga a cerrarlo.
Y le lanzó el móvil a la cara.