En Puerto Seco no llovía desde hacía once meses, pero las calles amanecían cada día cubiertas de carteles azules que prometían agua, justicia y futuro. En todos aparecía el mismo rostro: Damián Llera, candidato a alcalde, sonrisa de dentista y mangas arremangadas como si estuviera a punto de cavar un pozo con sus propias manos.
Clara Vidal apagó la radio antes de escuchar otro discurso. Había sido profesora de literatura en el instituto municipal hasta la semana anterior, cuando un video editado la mostró empujando a un alumno contra una pared. En realidad, Clara lo había apartado de una pelea con una navaja, pero la verdad rara vez viajaba tan rápido como una mentira con música dramática.
Desde entonces vivía encerrada en el piso que compartía con su hermano menor, Nico, un chico de diecisiete años que arreglaba teléfonos, hablaba poco y siempre llegaba con arena en los zapatos aunque juraba no salir del barrio.
Esa noche, mientras Clara revisaba currículums que nadie contestaría, su móvil vibró. Número desconocido. No era una llamada, sino una notificación antigua que su buzón de voz había rescatado de algún lugar imposible.
“Mensaje recibido hace seis años”, anunció la voz automática.
Clara frunció el ceño. Hacía seis años ella tenía otro teléfono, otro número y todavía creía que enseñar poemas podía cambiar una ciudad.
Pulsó reproducir.
Una respiración infantil llenó la habitación.
—Seño Clara… si escucha esto, no le crea al hombre del pozo. Mi hermano dice que nos van a llevar al Oasis, pero aquí no hay palmeras. Hay jaulas. Y el señor Llera nos dijo que si gritamos, nuestras madres se quedan sin agua.
El mensaje terminó con un golpe seco y un silencio que parecía respirar.
Clara sintió que el estómago se le hundía. El niño que hablaba era Mateo Ruíz, alumno suyo, desaparecido seis años atrás durante una excursión escolar que nunca fue completamente explicada. La versión oficial decía que se había escapado con un feriante. El pueblo lloró una semana, luego tuvo sed y siguió adelante.
Clara llamó a Nico.
—¿Sabes algo de un sitio llamado Oasis?
Su hermano, que estaba en la cocina, dejó caer un vaso. Cuando apareció en la puerta, tenía la cara blanca.
—Borra ese mensaje —susurró—. Si llegó a tu móvil, ya vienen por nosotros.
Antes de que Clara pudiera responder, alguien golpeó la puerta tres veces. No eran vecinos. No era la policía. Eran golpes medidos, pacientes, como si quien estuviera fuera supiera que no necesitaba prisa.