Clara bajó a la Zona de recuperación durante el simulacro de luces del debate. Usó la tarjeta, un inhibidor de cámaras prestado por Vera y el pulso de alguien que estaba por romperse pero todavía no.
El subsuelo olía a cloro, metal y miedo. Había salas con literas, pizarras, pantallas donde se repetían discursos de Lamas sobre disciplina hídrica. En una habitación, quince chicos cantaban frente a una cámara. No era un coro: era propaganda con voces pequeñas.
Teo estaba allí. Al verla, señaló el fondo del pasillo.
—A los mayores los llevan al Pozo.
El Pozo no era un pozo, sino una sala circular llena de servidores. Miles de audios eran almacenados, clasificados y editados. Clara entendió la maquinaria: Oasis Aurora no solo robaba agua de acuíferos públicos; también robaba voces. Grababan a empleados, turistas, familias desesperadas. Luego fabricaban mensajes, extorsiones, renuncias, confesiones. Con suficiente sonido, podían inventar cualquier verdad.
En una pantalla vio carpetas con nombres: jueces, sindicalistas, maestras, médicos. Y una carpeta llamada NICO_UCEDA.
La abrió con dedos temblorosos. Había decenas de fragmentos de su hermano: risas, súplicas, lecturas forzadas. También un video. Nico aparecía más flaco, con el pelo rapado, mirando a cámara.
—Si querés enseñarle una lección a Clara, usá mi voz. Ella siempre escucha demasiado.
Clara se cubrió la boca para no gritar.
Detrás de ella, alguien aplaudió despacio.
Era Berta Solís.
—Tu hermano tenía talento. Encontró nuestra planta ilegal de extracción cuando buscaba señal para mandar una foto. Podríamos haberlo eliminado, pero Lamas es sentimental: prefiere convertir problemas en herramientas.
—¿Dónde está?
—En campaña. Como todos.
Berta pulsó un botón. En una pantalla del anfiteatro apareció Nico, en vivo, vestido con camisa celeste, sentado entre jóvenes voluntarios de Lamas. Su mirada estaba vacía, demasiado quieta.
—Le enseñamos que la libertad es una palabra costosa —dijo Berta—. Y ahora vamos a enseñártelo a vos.
Clara fue rodeada por guardias. Pero antes de que la tocaran, sonó por los altavoces la voz de Lamas, aquella grabación robada: “El miedo gana elecciones. Si quieren agua, que voten. Si quieren a sus hijos, que callen.”
Berta miró hacia arriba, furiosa.
Vera había entrado al sistema.
El audio se transmitía no solo en el subsuelo, sino en el debate, en las pantallas externas, en los canales de campaña y en los teléfonos de los asistentes. Clara sonrió por primera vez en meses.
—Mi hermano tenía razón —dijo—. No había que ir a la policía. Había que ir al público.
Los guardias dudaron. Algunos tenían hijos en el programa social. Otros habían dejado audios propios en el sistema. La obediencia empezó a gotear.
Entonces se apagaron las luces.
En la oscuridad, Berta susurró al oído de Clara:
—Podés exponer un crimen. Pero no podés devolverle la mente a un muerto en vida.
Cuando volvió la energía, Berta había desaparecido y la puerta del Pozo estaba bloqueada desde afuera. En las pantallas, Lamas seguía repitiendo su frase como un muñeco averiado. Arriba, el paraíso empezaba a gritar.