Oasis Aurora parecía un milagro diseñado por una agencia de publicidad: cúpulas de vidrio, palmeras importadas, lagunas artificiales y empleados sonrientes que repetían “el agua nos une” como si fuera una oración. Clara entró con una credencial falsa conseguida por Vera, una periodista despedida por investigar contratos de sequía.
—Acá no se pierde nadie —le dijo el guardia de la entrada—. Todo el mundo está registrado.
Clara sonrió.
—Entonces debe ser un lugar muy seguro.
—Seguro para los que cumplen.
El debate presidencial se haría en el anfiteatro central. Darío Lamas enfrentaría a candidatos sin chances, mientras sus asesores colocaban cámaras en ángulos que lo hacían parecer más alto, más humilde, más inevitable. Clara fue asignada a revisar micrófonos del escenario. Cada cable que tocaba era una oportunidad para escuchar.
En la consola encontró canales ocultos, sin etiqueta, que no iban al público sino a un circuito cerrado subterráneo. Uno de ellos transmitía voces infantiles ensayando una canción.
“Dame una gota, dame un sol, dame permiso de ser mejor…”
La misma melodía del mensaje de Nico.
Clara siguió el cableado hasta una puerta de servicio custodiada por dos hombres. En la pared había un plano incompleto del complejo. Abajo, donde debería haber depósitos de mantenimiento, figuraba un espacio en blanco marcado como “Zona de recuperación”.
Esa tarde conoció a Teo, un chico de doce años que llevaba uniforme de mozo y una bandeja más grande que su torso. Al verla mirando la puerta, dejó caer un vaso a propósito.
—No baje por ahí —murmuró mientras juntaba vidrios—. Los que bajan vuelven hablando distinto.
Clara se agachó para ayudarlo.
—¿Conociste a un chico llamado Nico?
Teo palideció. Miró a las cámaras.
—Todos los que llegan aquí pierden el nombre. Algunos reciben número. Otros reciben tarea.
Antes de que Clara pudiera preguntar más, apareció una supervisora de traje blanco y sonrisa sin calor.
—Los niños del programa social no deben conversar con personal técnico —dijo—. Les hace imaginar derechos.
Clara sintió un golpe de rabia, pero lo tragó. En un lugar lleno de agua artificial, cualquier gesto verdadero podía ser una sequía peligrosa.
Esa noche, desde su cuarto de empleados, interceptó otro canal oculto. Era una grabación de Lamas, sin maquillaje de campaña.
—El miedo gana elecciones. Si quieren agua, que voten. Si quieren a sus hijos, que callen.
Después, una voz que Clara no conocía respondió:
—La hermana ya llegó.
El ruido se cortó. En la puerta de su cuarto alguien deslizó una tarjeta magnética. Atrás, escrita con marcador, había una frase:
“Tu hermano está vivo, pero no como lo recordás.”