Mara huyó antes de que los agentes municipales cerraran la plaza. Corrió por callejones, saltó tapias, perdió una sandalia y llegó a la vieja estación de tren, abandonada desde que el desierto se tragó las vías. Allí la esperaba Leo, técnico de la radio, con la furgoneta encendida y cara de haber envejecido diez años.
—Dime que no acabas de declararle la guerra al hombre más votado de la provincia —dijo.
—No fui yo quien hackeó la pantalla.
Leo levantó una ceja.
—Entonces Nico no está solo.
La idea era imposible y a la vez luminosa. Si alguien desde dentro estaba enviando audios, tal vez Nico seguía con vida. O tal vez alguien usaba su voz para empujarla hacia una trampa.
Mara revisó el segundo mensaje una y otra vez. “Él abrió la puerta.” ¿Tomás había entregado a Nico? ¿O había abierto literalmente una entrada al túnel? El mapa señalaba un punto llamado Cañada de los Pájaros Muertos, a cuarenta kilómetros. Leo condujo sin luces por caminos de servicio mientras la radio del vehículo captaba fragmentos de propaganda: Duarte acusaba a “grupos violentos” de sabotear la democracia y prometía mano dura.
—Mi hermano no era perfecto —dijo Mara de pronto—. Robaba herramientas, falsificaba justificantes, hacía apuestas tontas. Pero cuando encontraba algo injusto, se volvía insoportable. No sabía callarse.
—Eso suena familiar.
Ella no sonrió.
Llegaron al amanecer. La cañada era una cicatriz blanca entre cerros rojizos. No había pájaros, ni agua, ni sombra. Solo una caseta oxidada con un candado nuevo. Leo lo abrió con una ganzúa aprendida, según decía, en “un curso de cerrajería emocional”. Dentro encontraron escaleras que descendían hacia un aire húmedo.
Bajaron.
El túnel respiraba. Cada gota que caía parecía un reloj. En las paredes había marcas recientes: flechas, números, y el símbolo de Nico. Tres ondas bajo una estrella.
Al fondo, tras una reja, apareció el Pozo Azul.
No era un oasis de postal. Era una caverna enorme iluminada por minerales fosforescentes, con agua oscura y quieta como un cielo enterrado. Alrededor había bombas, tuberías, generadores y cajas con el logo del Corredor Oasis. También había colchones, latas, vendas.
Y una cámara apuntando a una silla vacía.
Mara encontró un reproductor portátil conectado a un temporizador. Dentro había decenas de audios grabados por Nico. Algunos eran mensajes para su madre. Otros, denuncias. Otros, instrucciones.
El corazón se le partió al comprenderlo: los mensajes no llegaban desde el presente. Nico los había programado meses atrás, quizá sabiendo que no podría salir.
Leo llamó desde el otro lado de la caverna.
—Mara… tienes que ver esto.
En una pared había fotografías de funcionarios, contratos, planos de tuberías ilegales. Y en el centro, una lista de nombres bajo el título: “Los que sabían”. Tomás Varela estaba allí, pero no como socio. Como “testigo presionado”. Más abajo aparecía Elvira Siles, la madre de Mara.
Antes de que pudiera procesarlo, se encendieron los reflectores. Hombres armados salieron de un pasillo lateral. Al frente caminaba Gala Méndez, la asesora de Duarte, impecable incluso bajo tierra.
—Qué decepción —dijo—. Yo aposté a que llegarías mañana. Las hijas obedientes tardan más en traicionar a sus madres.
Mara apretó el reproductor contra el pecho.
—¿Dónde está Nico?
Gala sonrió.
—Esa es la pregunta equivocada. La correcta es: ¿qué estás dispuesta a aprender antes de perderlo otra vez?
Entonces uno de los hombres arrastró a Tomás Varela, golpeado y con la boca ensangrentada.
—Yo no lo maté —murmuró el profesor—. Yo solo… les mostré la entrada.
Gala chasqueó los dedos.
Y desde un altavoz oculto sonó la voz de Nico, clara, viva, imposible:
—Si estás oyendo esto, Mara, ya sabes quiénes son. Ahora enséñales tú una lección.