El pueblo entero se reunió en la plaza para escuchar a Duarte. Había camiones cisterna decorados con banderas, niños con gorras azules, pantallas gigantes y un escenario donde el alcalde sonreía con los dientes de un vendedor de ataúdes. A su lado estaba su nueva asesora, Gala Méndez, una mujer elegante de voz suave que había llegado desde la capital prometiendo transformar la campaña en una “historia de esperanza hídrica”.
Mara se mezcló entre la multitud con una grabadora escondida en el bolso. Su madre, Elvira, se había negado a acompañarla. Al escuchar el audio de Nico no lloró; se puso pálida y cerró todas las ventanas.
—Tu hermano cavó donde no debía —susurró—. Y yo firmé un papel para que dejaran de preguntar.
No quiso decir más.
En la plaza, Duarte levantó los brazos.
—¡Puerto Lumbre merece dejar de vivir de rodillas frente al desierto! —clamó—. Por eso he conseguido inversores para un proyecto histórico: el Corredor Oasis. Hoteles, empleo, canales, futuro.
La gente aplaudió. En las pantallas apareció una animación de palmeras, piscinas y familias sonrientes. Un paraíso artificial donde ahora solo había sal y piedras.
Mara sintió náuseas. Si el Pozo Azul existía, Duarte no quería repartir su agua: quería privatizarla, enterrarla bajo un resort y venderla por botellas con etiqueta dorada.
Entonces vio a alguien junto al escenario: Tomás Varela, antiguo profesor de ciencias de Nico. El mismo hombre que, después de la desaparición, había declarado que el chico era inestable, mentiroso y capaz de cualquier delito. Tomás sonreía nervioso mientras sostenía una carpeta azul.
Mara lo siguió cuando terminó el acto. Lo alcanzó detrás de los baños públicos, donde él fumaba con manos temblorosas.
—Mi hermano me envió un mensaje —dijo ella sin saludo.
Tomás soltó el cigarrillo.
—No digas eso en voz alta.
—Entonces dime dónde está el Pozo Azul.
El profesor miró hacia el escenario. Duarte abrazaba ancianas, besaba bebés, prometía descuentos en garrafas.
—Nico encontró muestras de agua dulce en unas grietas al norte. Me las trajo. Yo debía ayudarlo a publicarlas, pero Duarte se enteró. Me ofrecieron dinero para decir que los análisis eran falsos. Cuando me negué, me mostraron fotos de mi hija saliendo del colegio.
—¿Y preferiste destruir a un chico de diecisiete años?
La pregunta lo golpeó más que una bofetada.
Tomás sacó de la carpeta un mapa manchado.
—El pozo no aparece porque fue tapado hace décadas por una empresa minera. Hay túneles. Respiraderos. Si Nico está vivo, lo tienen allí. Pero no vayas sola. Duarte tiene a la policía, a los jueces y a media prensa.
Mara tomó el mapa. En una esquina había un símbolo dibujado por Nico: tres ondas bajo una estrella.
Antes de que pudiera hablar, una explosión sacudió la plaza. No fue grande, pero sí suficiente para que todos gritaran. Una de las pantallas gigantes se apagó y apareció en negro una frase blanca:
“PREGUNTEN POR NICO SILES.”
La multitud enmudeció.
Duarte giró lentamente hacia Mara, como si supiera exactamente quién había encendido esa mecha.
El teléfono de ella vibró otra vez.
Nuevo audio. 00:12.
La voz de Nico, apenas un hilo:
—No confíes en el profesor. Él abrió la puerta.