Mara buscó a la única persona que podía reconocer aquella melodía: Simón, antiguo profesor de música de Nico y actual líder de un grupo clandestino llamado Los Sedientos. No eran revolucionarios heroicos, sino vecinos hartos: enfermeras, mecánicos, jubiladas, repartidores, maestras. Saboteaban medidores trucados y filtraban documentos en redes anónimas.
Simón vivía en una escuela abandonada, donde las pizarras todavía conservaban multiplicaciones a medio borrar.
—Nico vino aquí tres días antes de desaparecer —dijo Simón—. Estaba asustado. Había descubierto que Cobalto no solo desviaba agua. También financiaba a todos los candidatos, incluido Funes, para asegurarse de que ganara quien ganara, nada cambiara.
—Entonces ¿por qué Nico me manda mensajes ahora?
Simón bajó la mirada.
—Porque los programó. Tu hermano sabía que podían atraparlo. Dejó una cadena de audios escondidos en servidores, programados para activarse si no ingresaba una clave cada cuarenta y ocho horas.
Mara sintió que el suelo se abría. Nico no hablaba desde algún lugar secreto. Hablaba desde antes del horror.
—¿Está muerto? —preguntó.
Simón tardó demasiado en contestar.
—No lo sabemos.
Esa noche, Los Sedientos planearon una acción para el debate final de campaña, transmitido en directo desde el balneario. Mara debía pinchar el audio de Nico en la señal principal y mostrar las pruebas de Cobalto. Era una lección pública: no humillar a un profesor corrupto ni vengarse de un amante infiel, sino enseñar a toda una ciudad cómo le habían robado la sed.
Pero Clara Montalbán se adelantó.
Dos hombres atraparon a Mara cuando salía de la escuela. Le cubrieron la cabeza con una bolsa y la llevaron a un depósito subterráneo. Al quitarle la bolsa, vio paredes húmedas, tuberías gigantes y, al centro, una mesa iluminada. Clara la esperaba sentada.
—Tu hermano era más prudente que tú —dijo—. Por eso duró tanto.
—¿Dónde está?
Clara sonrió sin alegría.
—Esa pregunta es útil. Mantiene obedientes a las familias.
Mara apretó los puños.
Clara le mostró una pantalla. En ella aparecía Valerio Funes ensayando para el debate, ajeno a todo. Luego otra cámara: Simón y Los Sedientos, rodeados por guardias privados.
—Hoy Valerio ganará —explicó Clara—. Mañana renunciará por un escándalo que nosotros fabricaremos. El concejo nombrará una gestora de emergencia. Yo. Cobalto tendrá concesión por treinta años. La ciudad tendrá agua, sí, pero solo la suficiente para seguir pagando.
—¿Y Funes?
—Un payaso útil. Los payasos distraen incluso cuando lloran.
Mara entendió entonces que la villana no buscaba aplausos. Buscaba administración. Control silencioso. Una tiranía sin uniforme, con formularios y tarifas.
El móvil de Mara, confiscado sobre la mesa, vibró.
Clara miró la pantalla: mensaje nuevo de Nico.
—Qué sentimental —dijo—. ¿Quieres oírlo antes de perder?
Pulsó reproducir.
La voz de Nico llenó el depósito.
—Si estás escuchando esto con alguien que cree haber ganado, sonríe. El micrófono está abierto.
Clara palideció.
Mara también tardó un segundo en comprenderlo. La grabadora diminuta en su ropa seguía transmitiendo. No a Los Sedientos. No al móvil. Al sistema de sonido del balneario, donde miles de personas esperaban el debate y escuchaban cada palabra.
Desde arriba llegó un murmullo, luego un rugido.
Clara se levantó de golpe.
—¡Corten la señal!
Mara se lanzó contra la mesa. Cayó con Clara entre cables, vasos de agua y documentos. Un guardia entró, pero las tuberías comenzaron a vibrar. Los Sedientos habían activado otra parte del plan: abrir las compuertas del depósito para inundar simbólicamente la piscina seca del balneario.
El agua, robada durante meses, subió por las escaleras como un animal despertando.