El comité de Valerio Funes ocupaba un antiguo balneario cerrado por falta de agua. Habían llenado la piscina vacía con césped sintético y sillas plegables; sobre el trampolín, Funes ensayaba discursos como si todavía estuviera en un escenario de variedades.
—¡No soy político, soy vecino! —gritaba, abriendo los brazos—. ¡Y si me votan, cada casa tendrá su gota de dignidad!
La gente aplaudía. Algunos por fe, otros por cansancio. Mara se presentó como voluntaria de sonido. Dijo que venía recomendada por una prima de una amiga de una concejala suplente. En San Lázaro, las mentiras con demasiados detalles sonaban a verdad.
La recibió Clara Montalbán, jefa de campaña, traje blanco impecable y sonrisa de cuchillo envuelto en seda.
—Necesitamos a alguien que controle los micrófonos del acto final —dijo Clara—. Valerio improvisa demasiado. A veces dice verdades sin querer.
Mara fingió reír.
En el balneario descubrió el primer hilo. Los voluntarios hablaban de Nico con incomodidad. Nadie decía su nombre, pero todos conocían “al chico de la moto”. Una muchacha de seguridad le confesó en voz baja que Nico había grabado una discusión entre Funes y un empresario del agua, Darío Cobalto, dueño de la planta desalinizadora que abastecía a la ciudad.
—Después de eso lo echaron —dijo la muchacha—. Esa noche desapareció.
—¿Y nadie denunció?
—Aquí denunciar es como gritar dentro de un pozo. Solo te devuelve tu propia voz.
Mara encontró la moto de Nico al fondo del balneario, cubierta por una lona, con el manillar torcido. En el compartimento bajo el asiento había una tarjeta de memoria rota. La guardó en el zapato.
Esa tarde, Valerio Funes se acercó a ella mientras probaba un micrófono inalámbrico.
—Tú eres nueva. Tienes cara de no haber perdido todavía la esperanza.
—Estoy aprendiendo a administrarla —respondió Mara.
Funes soltó una carcajada. De cerca parecía más viejo que en los carteles: maquillaje acumulado en las arrugas, ojos atentos, boca entrenada para convertir cualquier acusación en chiste.
—La esperanza es como el agua, niña. Si no la embotellas, se evapora.
Mara sintió un escalofrío. Era una frase perfecta para un villano, pero Funes la dijo con ternura, casi con tristeza.
Por la noche, en su cuarto alquilado, Mara reparó la tarjeta de memoria con paciencia quirúrgica. Recuperó un archivo de audio dañado. Se oían pasos, un portón, luego la voz de Nico:
—Tengo pruebas de los camiones. Están vaciando el depósito público antes de los cortes programados.
Otra voz, grave, respondió:
—No entiendes el negocio, chico. La sed ordena mejor que la ley.
Mara reconoció la voz de Darío Cobalto. Pero entonces apareció una tercera voz, una que no esperaba.
—Déjalo ir —decía Valerio Funes—. No vamos a ganar una ciudad matando a un crío.
El audio terminaba con un disparo al aire y gritos.
Mara se quedó helada. Funes no era inocente, pero quizá tampoco era el monstruo principal. Alguien había usado su campaña como máscara.
El móvil vibró.
Nuevo mensaje de Nico.
—Mara, si llegas hasta Cobalto, no vayas sola. Él no compra voluntades: compra futuros.
Al fondo del audio, muy bajo, se escuchaba una melodía infantil. La canción que su madre les cantaba cuando eran pequeños.
Pero su madre llevaba doce años muerta.