La primera vez que Mara escuchó la voz de Nico después de su desaparición, no lloró. Se quedó inmóvil frente a la mesa de mezclas del estudio municipal, con los auriculares apretándole las orejas y una taza de café frío temblando entre los dedos.
—Si estás oyendo esto, hermanita, significa que no llegué a casa —decía Nico en la grabación—. No busques a la policía. Busca el agua.
El mensaje había entrado a las 03:17, desde un número sin nombre. Nico llevaba nueve días desaparecido en San Lázaro del Viento, una ciudad levantada alrededor de un oasis artificial, en medio de una llanura seca donde antes no crecía ni la culpa. Oficialmente, Nico era un repartidor que se había ido de fiesta y no había vuelto. Para Mara, era su hermano menor, el chico que arreglaba radios rotas, que reía cuando tenía miedo y que jamás dejaba a su perra sin comida.
Mara rebobinó el audio. Había ruido de fondo: motores, una campana metálica, alguien tosiendo. Como técnica de sonido, sabía que cada ruido era una huella. Aisló frecuencias, limpió interferencias, elevó graves. Entonces escuchó algo más: una voz distante anunciando por altavoz.
—¡Valerio Funes, el hombre que hará llover prosperidad!
Mara cerró los ojos. Valerio Funes era el candidato favorito a la alcaldía, un excomediante de televisión que había convertido la sequía en espectáculo. Prometía fuentes, piscinas públicas y “agua para el alma”. Sus mítines parecían fiestas patronales: música, globos azules, camisetas gratis. La gente lo adoraba porque hacía reír a los sedientos.
Nico había estado siguiendo la campaña de Funes, pero no por política. Una semana antes de desaparecer, le dijo a Mara:
—Hay tuberías que no llevan agua. Llevan secretos.
Ella pensó que exageraba. Nico siempre se metía en historias raras: vecinos que falsificaban medidores, camiones cisterna que desviaban rutas, funcionarios que cobraban por cerrar los ojos. Pero aquella madrugada, con su voz saliendo de un buzón imposible, Mara entendió que esta vez no era una teoría.
El móvil vibró de nuevo.
Otro mensaje.
—No confíes en quien te ofrezca sombra —susurró Nico—. En San Lázaro, hasta los árboles tienen dueño.
Luego, un golpe seco. Un jadeo. Y silencio.
Mara se quitó los auriculares. Afuera, la ciudad amanecía cubierta de carteles de Funes sonriendo con una jarra de agua en la mano. Debajo del lema “Que vuelva la alegría”, alguien había pintado con aerosol negro: “¿Y los que no volvieron?”.
Esa misma mañana, Mara pidió vacaciones, guardó una grabadora diminuta en el sujetador y fue a buscar a su hermano donde nadie quería mirar: en la campaña del hombre más querido de la ciudad.