Escaparon por una puerta de servicio que daba a las vías abandonadas. Mateo apareció con un coche gris, frenando tan cerca que levantó agua sucia del suelo. Clara dudó un segundo. Naira no.
—Si nos quería muertas, habría esperado —dijo, abriendo la puerta trasera.
Mateo condujo sin encender la radio, mirando cada pocos segundos por el retrovisor. Tenía una herida en el pómulo y la camisa manchada de sangre que no parecía suya.
—Debiste contarme —dijo Clara.
—Sí.
La respuesta simple la enfureció más que cualquier excusa.
—¿Trabajaste para ellos?
Mateo apretó el volante.
—Trabajé para Armenta. Me enviaron a Belvís cuando empezaron los rumores. Yo tenía veintiséis años y creía que una crisis era un titular mal escrito. Descubrí que había menores chantajeados, pruebas escondidas, padres comprados. Intenté sacar copias.
—¿Intentaste?
—Me descubrieron. Me dieron dos opciones: hundirme con un delito fabricado o quedarme cerca y esperar el momento correcto.
Naira soltó una carcajada desde atrás.
—Qué heroico. Tres años esperando mientras enterraban a mi madre.
Mateo no se defendió. Eso fue peor.
Los llevó a un piso vacío en Carabanchel, propiedad de una clienta fallecida. Allí, entre muebles cubiertos por sábanas, desplegó su propio archivo: transferencias a jueces, informes médicos alterados, fotos de reuniones privadas. En el centro había un nombre repetido: Ernesto Armenta.
—Armenta no solo protegía el colegio —dijo Mateo—. Lo usaba. Recolectaba secretos de familias poderosas y luego los convertía en contratos, favores, sentencias.
Clara sintió que el suelo cambiaba de inclinación. Su ascenso, su despacho nuevo, las sonrisas de los socios: todo podía ser una jaula barnizada.
—¿Y la jueza Luján? —preguntó.
Mateo bajó la mirada.
—Iba a declarar. Alguien la mató antes.
Naira se acercó lentamente a la mesa.
—No la maté yo.
Clara la creyó. No porque Naira pareciera inocente, sino porque parecía ofendida: alguien había usado su símbolo, sus flores negras, para convertirla en culpable.
En ese instante, la televisión del piso, que nadie había encendido, parpadeó. La pantalla mostró una transmisión pirata: una cámara de seguridad enfocando el portal del edificio. Tres hombres con chaquetas oscuras entraban armados.
Luego apareció un mensaje:
“Entreguen a la marcada y los demás vivirán”.
Naira se tocó la cicatriz de la ceja.
—La marcada soy yo —dijo—. Siempre lo fui.
Mateo miró a Clara.
—Hay una salida por la azotea.
Pero Clara ya estaba observando los documentos, las rutas de pago, los nombres.
—No vamos a huir —dijo—. Vamos a darles exactamente lo que creen que quieren.