El invernadero de Atocha llevaba años cerrado, convertido en una cápsula húmeda donde las plantas crecían sin permiso y los cristales rotos dejaban entrar la luz como cuchillos. Clara llegó con el móvil en grabación y un spray de defensa en el bolsillo.
La chica la esperaba junto a una fuente seca.
—Me llamo Naira —dijo—. Antes me llamaba de otra manera, pero ese nombre lo enterraron por mí.
Clara mantuvo distancia.
—Si sabes algo de un asesinato, debes ir a la policía.
Naira soltó una risa breve.
—La policía archivó mi muerte en cuarenta y ocho horas. ¿Quiere que les lleve flores?
Contó su historia sin llorar. Había sido alumna becada en el Colegio Belvís, una institución privada donde los hijos de magistrados, empresarios y políticos aprendían idiomas, equitación y a no pedir perdón. Tres años atrás, Naira denunció a un profesor por abusos y chantajes. La investigación se cerró por falta de pruebas. Días después, su casa ardió. Su madre murió. Ella sobrevivió porque cayó por la ventana del baño y alguien decidió que era más útil desaparecida.
—La jueza Luján firmó el archivo —dijo Naira—. Pero no fue la única. Hay una lista.
Sacó de la mochila una libreta escolar. En la primera página había nombres, fechas y símbolos dibujados con tinta negra. Junto a cada nombre, una flor.
—¿Estás matando a estas personas? —preguntó Clara.
La mirada de Naira se volvió hielo.
—Estoy estudiando. Otros dan lecciones con toga, con dinero, con miedo. Yo aprendí otro idioma.
Clara sintió un escalofrío. No tenía delante solo a una víctima: tenía a alguien que había convertido el dolor en método.
—¿Por qué venir a mí?
Naira abrió la libreta por la mitad. Allí estaba una foto de Mateo Rivas, más joven, entrando al Colegio Belvís con un maletín.
—Porque su novio limpiaba los desastres de esa gente.
—Mateo no es mi novio.
—Todavía.
La frase golpeó más de lo necesario.
Naira explicó que Mateo había trabajado como consultor externo para la fundación propietaria del colegio. Su trabajo era anticipar escándalos. Borrar rastros. Comprar silencios. O eso decía la libreta.
Clara quiso negarlo de inmediato, pero recordó el rostro de Mateo al ver la flor negra.
Entonces sonó su móvil. Era él.
—Clara, escúchame —dijo Mateo, sin saludo—. Sal de donde estés. Ahora. Te han seguido.
Al otro lado del invernadero, una sombra se movió entre las plantas. Naira agarró a Clara del brazo y la empujó detrás de una columna justo cuando un disparo rompió el vidrio sobre sus cabezas.
La chica no gritó. Sacó una navaja pequeña del calcetín y sonrió como quien por fin reconoce una clase conocida.
—Hoy toca examen sorpresa —susurró.