Clara Valdés aprendió a no celebrar antes de tiempo. En el bufete Armenta & Socios, en el piso treinta y dos de una torre de cristal en Madrid, las buenas noticias siempre venían con una factura escondida.
A las ocho y cuarto de la mañana, mientras la ciudad aún bostezaba bajo una lluvia fina, Clara encontró sobre su escritorio una carpeta negra sin remitente. Encima, una flor prensada: un jacarandá teñido de tinta oscura.
—Felicidades, socia junior —dijo una voz detrás de ella.
Mateo Rivas estaba apoyado en el marco de la puerta con dos cafés en la mano y esa calma peligrosa de quien nunca parecía llegar tarde ni tener miedo. Era director de crisis corporativa, el hombre que apagaba incendios antes de que la prensa oliera el humo. También era la razón por la que Clara llevaba tres semanas fingiendo que no le importaba verlo sonreír.
—¿Esto es tuyo? —preguntó ella, señalando la carpeta.
Mateo miró la flor. Su expresión cambió apenas un segundo, pero Clara era abogada precisamente porque sabía leer lo que los demás intentaban esconder.
—No la toques más —dijo.
Dentro de la carpeta había una foto borrosa: un callejón, una mujer caída sobre el pavimento, un charco oscuro expandiéndose como tinta. En el reverso, una frase escrita con letras recortadas: “La primera mentira ya floreció”.
Clara sintió que el café se le enfriaba en la mano.
A media mañana, el socio fundador, Ernesto Armenta, convocó una reunión urgente. Una antigua clienta del bufete, la jueza retirada Inés Luján, había aparecido muerta durante la madrugada en Lavapiés. La policía hablaba de robo violento, pero Clara reconoció el callejón de la fotografía.
—Este despacho no tiene relación con el asunto —sentenció Armenta—. Nadie habla con periodistas. Nadie improvisa.
Mateo no dijo nada. Solo observó a Clara desde el otro lado de la mesa, como si le suplicara algo sin palabras: no preguntes.
Pero Clara ya había abierto la carpeta. Y las flores negras, una vez vistas, no se olvidan.
Esa noche, al salir del edificio, encontró a una chica esperándola bajo el toldo. Tendría diecisiete años, pelo corto, chaqueta de instituto y una cicatriz fina sobre la ceja izquierda.
—Usted es Clara Valdés —dijo la chica—. Si quiere saber por qué mataron a la jueza, venga sola mañana al antiguo invernadero de Atocha.
—¿Quién eres?
La chica sonrió sin alegría.
—La testigo que todos creen muerta.
Y antes de que Clara pudiera detenerla, desapareció entre los paraguas de la avenida.