Escaparon por la escalera de servicio hasta el estacionamiento subterráneo, perseguidos por pasos y disparos amortiguados. Mara conocía el edificio mejor que nadie: sus cámaras ciegas, sus puertas trabadas, sus rutas de evacuación que nunca figuraban en los planos oficiales. Nicolás conducía una moto vieja escondida detrás de contenedores de limpieza.
—¿Siempre huyes con estilo miserable? —preguntó ella, subiéndose detrás.
—Solo cuando la ocasión es elegante.
La moto rugió antes de que un disparo rompiera el espejo lateral.
Se refugiaron en una academia nocturna del barrio portuario, propiedad de Inés, antigua profesora de Mara. El lugar olía a tiza, sudor y café recalentado. Allí entrenaban chicos expulsados de escuelas, mujeres que aprendían defensa personal y repartidores que estudiaban contabilidad después de medianoche.
Inés miró la marca en la clavícula de Mara y luego a Nicolás.
—Si trajiste problemas, al menos que sean útiles.
Durante tres horas, Mara y Nicolás revisaron la memoria. Descubrieron que la Torre Nébula no era solo un fraude de seguros. En el laboratorio se guardaban ensayos clínicos ilegales con pacientes pobres. El mensajero muerto, Elías, había robado una muestra y pretendía entregarla a un periodista. El incendio borró todo, menos una copia oculta en la ruta de entrega.
—¿Dónde está esa copia? —preguntó Mara.
Nicolás señaló un nombre: “Lía Roca”.
—La hermana de Elías. Diecisiete años. Vive en tutela estatal.
Mara entendió entonces el verdadero juego. Aurum no solo quería su firma; necesitaba que ella cerrara el caso antes de que la chica hablara. Si una analista conocida por su rigor validaba el accidente, nadie escucharía a una menor asustada.
—Vamos por ella —dijo Mara.
Nicolás la detuvo.
—Si la buscamos, los llevamos hasta ella.
—Si no la buscamos, la entierran en un expediente.
El silencio entre ambos se volvió íntimo y feroz. Mara lo odiaba por el pasado, pero empezaba a reconocer en él una culpa que no era teatro. Él, por su parte, la miraba como quien encuentra una salida después de años en una habitación cerrada.
Inés interrumpió con un teléfono en la mano.
—Demasiado tarde. En las noticias dicen que Mara Valdés robó documentos confidenciales y atacó a un auditor llamado Nicolás Arce. También dicen que es peligrosa.
En la pantalla, el rostro de Mara aparecía junto a palabras rojas: “FUGITIVA”.
Luego entró un mensaje de un número desconocido: “Tenemos a la chica. Firma el informe antes del amanecer o ella aprende lo que tu madre aprendió”.
Mara no tembló. Esa era la parte de sí misma que más le asustaba.
—Entonces les daremos una lección —dijo.