Mara subió al piso treinta y ocho, un nivel clausurado desde hacía meses por supuestas reformas. Allí no había obreros, solo plástico cubriendo muebles y un olor a pintura vieja. El correo anónimo incluía una coordenada interna: sala de descanso B.
Encontró al hombre de la gabardina azul sentado junto a una máquina de café desconectada. Tenía barba de varios días, un corte reciente en la ceja y la calma peligrosa de quien ya perdió demasiado.
—Llegas tarde, Valdés —dijo él.
Mara no se acercó.
—¿Quién eres?
—Nicolás Arce. Auditor externo, al menos hasta que intentaron convertirme en cadáver.
El nombre cayó como una piedra. Nicolás Arce había sido quien, siete años atrás, testificó que el incendio de la casa de Mara se produjo por una fuga de gas. Su informe hundió cualquier sospecha de asesinato y dejó a Mara sola contra una ciudad que prefería no escuchar huérfanas.
Ella sacó un cúter del bolsillo de su chaqueta.
—Tienes diez segundos para explicar por qué no grito.
Nicolás no se movió.
—Porque si gritas, vendrán los mismos que mataron a tu madre.
Mara sintió que el suelo se inclinaba.
Él colocó sobre la mesa una memoria metálica pequeña.
—Aurum no asegura riesgos. Los diseña. Crea incendios, robos, accidentes, fugas químicas. Luego cobra por taparlos. Tu madre era perito independiente. Descubrió el primer patrón. La quemaron con su archivo.
—Mentira.
—Yo firmé una mentira —admitió Nicolás, y por primera vez su voz se quebró—. Me amenazaron con desaparecer a mi hermana. Después desapareció igual. Desde entonces junto pruebas.
Mara quiso odiarlo con una pureza absoluta, pero el odio se mezcló con algo peor: la posibilidad de que él dijera la verdad. Abrió la memoria en un portátil abandonado. Aparecieron listas de siniestros, nombres de jueces, cuentas en paraísos fiscales y una carpeta titulada “CENIZA”. Dentro estaba el expediente de su madre.
La última fotografía la dejó sin aire: su madre, viva, esposada a una silla, con Bruno Salvatierra de pie detrás.
—No murió en el incendio —susurró Mara.
Nicolás negó despacio.
—La sacaron antes. El cuerpo que enterraste no era ella.
En el pasillo sonó un ascensor.
Nicolás cerró el portátil.
—Nos encontraron.
—¿Quién más sabe que estoy aquí?
—Tu jefe. Y quizás la persona que te envió a mí.
La puerta del fondo se abrió. Dos guardias de seguridad aparecieron con pistolas sin placa. Mara apagó la luz de golpe. En la oscuridad, Nicolás le tomó la mano para guiarla hacia la salida de emergencia.
Ella no la retiró.
Ese fue el primer error emocional de la noche.