A Mara Valdés la llamaban “la mujer del lunar gris” en los pasillos de Aurum Seguros, aunque nadie se atrevía a decírselo de frente. No era un lunar, sino una marca de quemadura bajo la clavícula, con forma de media luna rota. La cubría con blusas altas, pañuelos finos o la distancia impecable de quien aprendió a no pedir permiso para existir.
Trabajaba en la planta 37, en la unidad de siniestros especiales: incendios, desapariciones, accidentes demasiado limpios para ser accidentes. Su talento era encontrar contradicciones. Una firma temblorosa, una póliza activada con demasiada prisa, una llamada hecha desde un teléfono que ya estaba destruido. Mara no creía en la mala suerte; creía en los patrones.
Esa mañana le asignaron el expediente de la Torre Nébula, un edificio de laboratorios que había ardido durante seis minutos exactos. Seis minutos bastaron para calcinar tres pisos, borrar archivos físicos y matar a un mensajero nocturno llamado Elías Roca. La aseguradora debía pagar una indemnización monstruosa a una empresa farmacéutica aliada al gobierno.
—No lo investigues demasiado —le dijo Bruno Salvatierra, director regional, dejando una carpeta negra sobre su escritorio—. Solo confirma que fue un fallo eléctrico.
Mara levantó la vista. Bruno era el tipo de jefe que sonreía antes de ordenar un entierro. Llevaba trajes caros, manos limpias y ojos que jamás permanecían en el mismo lugar.
—Si ya sabe la causa, no necesita una analista —respondió ella.
—Necesito tu firma.
La frase quedó flotando como humo.
Mara abrió la carpeta cuando él se fue. Dentro había fotografías del incendio, informes técnicos y una imagen de la víctima: Elías Roca, veintinueve años, mensajero, sin familia registrada. Pero en una esquina de una foto de seguridad aparecía otra persona, borrosa, de pie junto a la salida de emergencia. Un hombre con gabardina azul, mirando directamente a la cámara como si supiera que alguien, tarde o temprano, lo buscaría.
Debajo de la foto había una nota manuscrita: “Si ella ve esto, dile que la ceniza recuerda”.
Mara sintió un golpe en el pecho. Esa frase era imposible. Su madre la decía cuando Mara era niña, antes del incendio de su casa, antes de la versión oficial, antes de que el caso se cerrara como accidente doméstico.
La pantalla de su ordenador parpadeó. Un correo sin remitente apareció en la bandeja: “No firmes. Te están usando otra vez”.
Y adjunto, un video de seis segundos.
En él, Bruno Salvatierra entraba en la Torre Nébula diez minutos antes del fuego.