Mara consiguió una copia parcial del informe que Bruno Ledesma intentaba entregar antes de morir. No mencionaba drogas ni armas, sino algo más rentable y menos visible: identidades. Aurel & Nera había creado durante años fundaciones, becas y empleos falsos para reclutar jóvenes sin redes familiares. Luego desaparecían de los registros y reaparecían como titulares de sociedades pantalla. Personas convertidas en firmas. Vidas reducidas a tinta.
—Bruno descubrió que alguien dentro estaba vendiendo esas identidades a jueces, políticos y empresarios —dijo Mara en un café con música alta para tapar micrófonos imaginarios—. Pero había un testigo. Alguien que grabó reuniones del piso cuarenta.
—¿Nombre?
—Solo un alias: El Escriba.
Inés recordó la nota del hospital: “El testigo no está afuera. Firma desde dentro”.
Esa noche, Alonso la encontró en el archivo fuera de horario. Ella escondió un disco duro en la manga, pero él ya lo había visto.
—Si va a robar pruebas, al menos no use la cámara del pasillo norte. Tiene retardo de dos segundos, no de cinco.
Inés se quedó inmóvil.
—¿Va a denunciarme?
—Depende de lo que piense hacer con eso.
—Encontrar al asesino de Bruno Ledesma.
El nombre cambió algo en el rostro de Alonso. Una grieta mínima.
—Bruno era mi amigo.
—También murió en su edificio.
—Y desde entonces todos me miran como si yo hubiese apretado el cuchillo.
—¿No lo hizo?
Alonso se acercó lo suficiente para que Inés oliera su perfume: madera, sal, una nota amarga parecida al recuerdo del ascensor.
—No. Pero sé quién cortó la luz.
Antes de que pudiera decir más, sonó una alarma silenciosa: las luces del archivo pasaron de blanco a rojo. Las puertas se bloquearon. En la pantalla de seguridad apareció una transmisión en vivo del vestíbulo: Mara, retenida por dos guardias, con sangre en el labio.
El teléfono de Inés vibró. Número desconocido.
Una voz distorsionada habló:
—Devuelve lo que tomaste, mujer marcada, o tu amiga aprenderá a escribir con los dedos rotos.
Inés quiso correr, pero Alonso la sostuvo.
—Si sales ahora, te llevan a ti también.
—¡La van a matar!
—No si les damos algo que quieran más.
Alonso abrió un panel oculto detrás de una estantería. Dentro había una terminal antigua, desconectada de la red principal.
—Bruno me dejó esto antes de morir. No pude abrirlo.
Inés miró la pantalla: pedía una clave manuscrita. No contraseña. Un trazo. Una firma.
—Necesita la presión exacta de la mano de Bruno —dijo ella.
—Usted puede imitarla.
—Puedo leer muertos, no resucitarlos.
Entonces vio, pegado al borde del teclado, un papelito transparente con una frase casi borrada: “La verdad se firma con la mano que tiembla”.
Inés cerró los ojos. En su memoria volvió el ascensor. Bruno respirando con dificultad. Su mano sobre la de ella. El abrecartas no entrando en él, sino saliendo. Él usándolo para cortar la palma de Inés, mojando su dedo en sangre, guiando un trazo en la pared metálica.
No había escrito MIRA.
Había escrito MARA.
Inés abrió los ojos.
—El testigo no es una persona —susurró—. Es mi amiga.
En la pantalla, Mara levantó la mirada hacia la cámara. Y sonrió, apenas, como si estuviera esperando que Inés por fin entendiera.