Tres semanas después, con el cabello teñido de castaño oscuro, gafas sin graduación y una cicatriz que todavía ardía cuando llovía, Inés cruzó el vestíbulo de Aurel & Nera como nueva consultora documental. Había conseguido el puesto gracias a una identidad limpia fabricada por su única amiga, Mara, una periodista que coleccionaba enemigos como otros coleccionan sellos.
Aurel & Nera vendía objetos de lujo: relojes, plumas, perfumes, muebles raros para gente que jamás miraba el precio. Pero el negocio real estaba en otra parte. Inés lo sintió en cuanto vio las puertas blindadas del archivo privado y a los guardias sin placa que custodiaban el piso cuarenta.
Su jefe directo era Alonso Aurel, director ejecutivo interino, heredero de la mitad del imperio y dueño de una voz demasiado serena para no esconder peligro.
—Me dijeron que tiene talento para leer lo que otros pasan por alto —dijo él durante la entrevista, observándola como si ya la conociera.
Inés mantuvo la sonrisa.
—Las personas escriben distinto cuando creen que nadie las mira.
—En esta empresa todos miran. Ese es el problema.
Alonso no era como esperaba. No tenía la brutalidad vulgar de los culpables fáciles. Era elegante, sí, pero sus trajes parecían una armadura mal llevada; hablaba poco, escuchaba demasiado y nunca daba la espalda a una puerta. Inés quiso odiarlo por instinto, porque su apellido estaba en la torre donde casi la matan. Pero cuando un socio intentó tocarle la cintura en una reunión, Alonso detuvo la mano del hombre con una sonrisa helada.
—En esta oficina no confundimos jerarquía con permiso.
El socio rió, incómodo. Inés no.
Esa tarde, mientras revisaba contratos antiguos en una sala de cristal, encontró la primera anomalía: firmas de proveedores idénticas en documentos de años distintos. No parecidas. Idénticas. Sellos reproducidos, compras fantasma, cargamentos declarados como cuero italiano que en realidad salían de bodegas portuarias clausuradas.
Alguien usaba la empresa para mover algo más que lujo.
En el margen de uno de los contratos, casi invisible bajo una mancha de café, había un símbolo: un pequeño círculo negro atravesado por una línea. El mismo círculo que le habían dibujado en la espalda.
Inés fotografió la hoja. Al levantarse, vio reflejada en el cristal a una mujer de cabello plateado mirándola desde el pasillo. Era Vera Nera, cofundadora de la compañía, socia de la familia Aurel y, según las revistas, una filántropa dedicada a rescatar niñas de barrios violentos.
—Curiosa elección de expediente —dijo Vera entrando sin pedir permiso.
—Me asignaron auditoría histórica.
—La historia es peligrosa, señorita…
—Santos —mintió Inés.
Vera sonrió como quien perdona una mala actuación.
—Claro. Señorita Santos. Un consejo: aquí sobreviven los que aprenden qué preguntas no hacer.
Cuando la mujer se marchó, Inés encontró sobre la mesa una pluma negra que no estaba antes. Al destaparla, la punta dejó caer una gota espesa, demasiado oscura.
No era tinta. Era sangre seca.