Cuando Inés Valcárcel despertó en la sala blanca del Hospital del Puerto, no recordaba su nombre completo, pero sí el olor: tinta amarga, cuero mojado y jazmines pisoteados. Tenía una venda en el hombro, tres puntos en la ceja y una palabra escrita con marcador quirúrgico en la cara interna de la muñeca: MIRA.
Los médicos dijeron que la habían encontrado junto al cadáver de un hombre en el ascensor de servicio de la Torre Aurel, el edificio de oficinas más exclusivo de la ciudad. La policía dijo algo peor: que el arma homicida tenía sus huellas. Y los noticieros, que siempre necesitaban un monstruo antes de la cena, la llamaron “la mujer marcada”, porque además de aquella palabra en la piel, alguien había dibujado en su espalda un círculo negro con tinta industrial.
Inés era perito calígrafa independiente. Vivía de descubrir falsificaciones, firmas temblorosas, amenazas anónimas y testamentos demasiado perfectos. Sabía que la tinta habla incluso cuando la mano miente. Pero esa noche, su propia memoria se negaba a declarar.
El inspector Damián Rivas no le creyó cuando ella dijo que no recordaba nada.
—Conveniente —murmuró, dejando sobre la mesa una fotografía del muerto.
Inés miró el rostro. Un hombre de traje gris, corbata azul, boca entreabierta como si hubiera muerto a mitad de una palabra. No sintió tristeza ni miedo, sino una punzada absurda de reconocimiento.
—No sé quién es.
—Se llamaba Bruno Ledesma. Auditor interno de Aurel & Nera. Iba a entregar un informe a la fiscalía. Nunca llegó.
Aurel & Nera. La torre. El olor a cuero. La tinta.
El inspector se inclinó.
—Hay una cámara que la muestra entrando con él al ascensor. Luego se corta la electricidad durante siete minutos. Cuando vuelve, él está muerto y usted sostiene un abrecartas de plata.
Inés tragó saliva. En su cabeza apareció un destello: botones dorados, una mano masculina apretándole el hombro herido, una voz susurrando “si hablas, también cae él”.
—¿Él quién? —preguntó ella sin querer.
Damián sonrió apenas.
—Eso esperaba que usted nos dijera.
Esa misma noche, mientras una agente custodiaba la puerta, Inés encontró dentro del dobladillo de su bata hospitalaria una tira de papel vegetal. Tenía una frase escrita con letra diminuta, inclinada hacia la izquierda: “El testigo no está afuera. Firma desde dentro”.
Debajo había un logotipo: A&N.
Y entonces Inés entendió que no debía huir de la torre. Debía volver a entrar.