León Arce odiaba los ascensores, las recepciones de mármol y a los hombres que sonreían sin enseñar los dientes. Por eso había aceptado trabajar en Calder & Niebla: para aprender el idioma de sus enemigos. Su padre, juez de provincia, se había suicidado después de firmar una sentencia que no escribió. En la mesa dejó una nota: “Los testigos no desaparecen, los compran”. Nadie investigó.
Durante tres años, León fingió ambición. Cerró acuerdos indecentes, felicitó a corruptos, sirvió whisky a empresarios que hablaban de personas como quien habla de muebles. Hasta que descubrió el proyecto Lázaro: una red clandestina que localizaba testigos incómodos, los marcaba con un pigmento detectable bajo ciertas cámaras y luego decidía si los compraba, los desacreditaba o los eliminaba.
Mara escuchó todo mientras él forzaba la cerradura de emergencia con una horquilla robada de su propio peinado. El humo les mordía los ojos.
—¿Y esperas que crea que el abogado estrella de los verdugos se volvió santo? —tosió ella.
—No soy santo. Soy útil.
—Eso dicen todos los cobardes.
León abrió la puerta de mantenimiento justo cuando las llamas tomaron el carrito de destrucción. Corrieron por un pasillo estrecho hasta una escalera que olía a óxido. Detrás, alguien golpeó el acceso principal.
Al llegar al estacionamiento subterráneo, Mara lo empujó contra una columna.
—¿Por qué yo?
León señaló la marca detrás de su oreja, apenas visible bajo el cabello húmedo.
—Porque eres la única marcada que no murió. Y porque cada vez que alguien intenta borrar tu expediente, aparece duplicado en un servidor al que nadie puede entrar.
Mara se quedó helada. Durante años había enviado copias anónimas de documentos a una nube cifrada creada con el viejo ordenador de su madre. Pensaba que nadie lo sabía.
—¿Me has estado vigilando?
—Te he estado buscando.
La frase cayó entre ambos como una confesión demasiado íntima. Mara notó que León temblaba, no de miedo sino de culpa. Tenía una pequeña cicatriz en la palma, reciente, en forma de media luna. La misma forma que aparecía estampada en los sellos ilegales de la carpeta.
Él siguió su mirada y cerró el puño.
—No preguntes todavía.
—Entonces no vuelvas a pedirme confianza.
Un disparo rompió el parabrisas del coche más cercano. León la sujetó por la cintura y la arrastró detrás de una furgoneta. Mara quiso odiar el contacto; en cambio sintió que, por un segundo absurdo, su cuerpo recordaba cómo era estar protegida sin sentirse presa.
Al fondo del estacionamiento apareció una mujer con impermeable amarillo y una pistola con silenciador. No apuntó a León. Apuntó a Mara.
—La archivista —dijo la mujer—. La quieren viva, pero no entera.