En Puerto Bruma, nadie preguntaba por qué el mar amanecía negro algunos martes. Los noticieros hablaban de algas, los políticos de mala suerte y los niños aprendían pronto a no meter los dedos en la espuma. Mara Valdés, archivista del Juzgado Quinto, sabía que el color no venía del océano sino de las cajas que desaparecían de la bóveda judicial cada vez que había luna nueva.
Mara tenía una marca detrás de la oreja izquierda: un pequeño círculo de tinta azul que jamás se borraba, como si alguien se lo hubiera tatuado desde dentro de la piel. La recibió a los diecisiete años, la noche en que declaró contra un capitán de policía por el incendio de un albergue. Al día siguiente, su declaración se extravió, el capitán fue ascendido y su madre murió atropellada por un camión sin matrícula. Desde entonces, Mara no confiaba en la justicia; solo trabajaba dentro de ella para saber qué monstruo llevaba su nombre en los bolsillos.
A las 19:43 de un jueves lluvioso, mientras ordenaba expedientes de homicidio, Mara encontró una carpeta sin código en el carrito de destrucción. Dentro había fotografías de seis personas con el mismo círculo azul detrás de la oreja. Todas estaban muertas. Todas figuraban como testigos protegidos. La última foto era reciente: un chico de quince años con uniforme escolar, ojos asustados y una dirección escrita al margen.
Mara cerró la carpeta justo cuando se apagaron las luces del archivo.
—No la abras si quieres seguir respirando —dijo una voz masculina desde la oscuridad.
Ella no gritó. Tomó un abrecartas y apuntó hacia la sombra.
El hombre levantó las manos. Vestía traje caro, zapatos mojados y una credencial de la firma Calder & Niebla, el despacho privado que defendía a medio ayuntamiento.
—Soy León Arce —susurró—. Y si esa carpeta está aquí, significa que ya empezaron a borrar al siguiente testigo.
Mara debería haber llamado a seguridad. En cambio, miró su credencial y sintió una rabia antigua: Calder & Niebla había representado al capitán que destruyó su vida.
—Dame una razón para no hundirte esto en el cuello.
León tragó saliva.
—Porque yo fui quien escondió esa carpeta para que tú la encontraras.
Antes de que Mara pudiera responder, la puerta blindada del archivo se cerró desde fuera. El sistema antiincendios comenzó a expulsar humo químico. En la pantalla de seguridad apareció un mensaje: “INCINERACIÓN DE PRUEBAS ACTIVADA”.
Y, por primera vez en años, Mara entendió que alguien no quería matarla por lo que sabía, sino por lo que todavía podía recordar.