El Teatro Atlas estaba en el barrio viejo, encajado entre una iglesia abandonada y una fábrica de zapatos convertida en apartamentos de lujo. Sus carteles prometían espectáculos de una década muerta: vedettes sonrientes, magos con capa roja, una cantante llamada Lirio Azul.
Darío forzó una puerta lateral. Irene entró primero con una linterna pequeña y una navaja escondida en la manga. El polvo flotaba como ceniza. Sobre el escenario, una luna de utilería colgaba de un cable oxidado.
—¿Quién es El Faro? —susurró ella.
—Un estibador que trabajaba de noche. Vio cómo metían a tres personas en el contenedor 19-B. Una de ellas era un juez que iba a declarar contra Armenta.
—¿Y Clara?
Darío tragó saliva.
—Clara descubrió que el contenedor nunca salió del puerto. Fue trasladado a una propiedad privada. Ella iba a denunciarlo con el testigo.
El camerino 6 tenía la puerta entreabierta. Dentro, una bombilla desnuda se encendía y apagaba como un corazón cansado. En el espejo, alguien había escrito con lápiz labial negro: LOS LIMPIOS TAMBIÉN MANCHAN.
Irene reconoció la frase. Clara la usaba cuando hablaba de los corruptos con traje blanco.
De un armario salió un hombre delgado, con barba gris y ojos hundidos. Apuntaba con una pistola vieja que le temblaba en las manos.
—Un paso más y les abro la cabeza.
Darío levantó las manos.
—Mateo, soy yo.
—Tú no eres nadie. Todos cambian de cara en esta ciudad.
Irene dio un paso lento.
—Clara Valcárcel era mi hermana.
El hombre bajó apenas la pistola. Sus ojos se llenaron de algo parecido a culpa.
—Ella cantaba cuando tenía miedo —murmuró—. Bajito. Como si se estuviera arrullando sola.
Irene sintió un golpe en las costillas. Clara hacía eso desde niña.
Mateo, El Faro, les entregó un sobre amarillento. Dentro había una tarjeta de acceso a una finca llamada Las Salinas y una fotografía borrosa: Bruno Armenta junto a varios socios, todos vestidos de blanco. Uno de ellos llevaba un anillo de ónix.
Irene no respiró.
—Ese fue quien me atacó.
Darío se acercó a mirar. Su rostro cambió.
—No puede ser.
—¿Lo conoces?
Antes de que contestara, un disparo rompió el espejo. Mateo cayó contra el tocador. Darío empujó a Irene al suelo mientras una ráfaga atravesaba la puerta. Hombres con máscaras negras entraron por el pasillo.
Irene rodó bajo una mesa, cortó el cable de una lámpara y la lanzó contra el suelo húmedo. Chispas. Gritos. Oscuridad.
Darío la arrastró hacia el escenario. Corrieron entre telones podridos, perseguidos por pasos y disparos. En la salida trasera, Mateo apareció tambaleándose, con sangre en la camisa.
—Las Salinas —jadeó—. La caja negra está bajo el agua. Clara no murió en el coche.
Irene se detuvo.
—¿Qué?
Mateo sonrió con una tristeza insoportable.
—La llevaron viva.
Un segundo después, otra bala lo alcanzó.
Darío tiró de Irene antes de que ella pudiera gritar. Escaparon por un callejón lleno de lluvia y sirenas lejanas. Irene corría, pero su mente se había quedado en el camerino.
Clara no murió en el coche.
Entonces, ¿qué había enterrado Irene?