Inés llegó sola a la planta diecisiete. Había escondido a Mateo en un taller de reparación de barcas, bajo la protección de una mujer que le debía un favor y no hacía preguntas si le pagaban en efectivo.
Damián la esperaba sin chaqueta, con las mangas arremangadas y una copa intacta sobre la mesa.
—No lo trajiste —dijo.
—Tú tampoco trajiste una explicación.
Durante unos segundos, el silencio fue una cuerda tensada entre los dos.
—Mi padre fundó Hálito Norte —confesó él—. Yo crecí creyendo que era un empresario. A los quince años descubrí que sus barcos transportaban gente escondida en contenedores. A los dieciséis incendiaron el almacén.
Inés sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Mateo dijo que un chico me sacó del fuego.
Damián cerró los ojos.
—Fui yo.
Ella le cruzó la cara con una bofetada. No fue teatral. Fue seca, necesaria.
—Me salvaste para que pudieran marcarme.
—Te salvé porque estabas viva. Lo demás lo hicieron después. Cuando mi padre supo quién eras, ordenó que te vigilaran. Tu abuela huyó contigo antes de que te encontraran de nuevo.
—Y ahora me contrataste para terminar el trabajo.
—Te contraté porque alguien está reactivando la ruta. Mi padre murió hace tres años, pero su red no. Hay un consejo dentro de la empresa que sigue operando. Necesitaba a alguien que no estuviera comprada.
Inés quiso odiarlo con limpieza, pero el odio se enredó con una verdad incómoda: Damián parecía cansado de salvarse solo. En su escritorio había carpetas, grabaciones, transferencias. Años de pruebas reunidas sin atreverse a usarlas.
—¿Por qué no fuiste a la policía? —preguntó ella.
Damián soltó una risa sin alegría.
—Porque la mitad cobra y la otra mitad tiene miedo.
En la pantalla detrás de él apareció de pronto una transmisión en directo: Mateo, sentado en el taller, miraba hacia una cámara oculta. Una voz distorsionada habló por los altavoces.
“Buenas noches, señor Rivas. Buenas noches, señorita Valcárcel. Gracias por reunir las piezas. Ahora sabremos cuáles destruir”.
La imagen cambió. Una mujer de cabello blanco, impecable, estaba sentada en una sala de juntas. Inés la reconoció por los retratos del vestíbulo: Aurora Salvatierra, presidenta del consejo y madrina pública de todas las fundaciones benéficas de Puerto Bruma.
—Tu padre era brutal, Damián —dijo Aurora—. Pero sentimental. Dejó viva a una niña y permitió que su hijo creyera en la culpa. Yo no cometo esas torpezas.
La transmisión se cortó.
Damián abrió un cajón y sacó una pistola.
Inés, en vez de retroceder, tomó una carpeta y la apretó contra el pecho.
—Si vamos a pelear contra una santa de portada —dijo—, no lo haremos disparando en la oscuridad. Le daremos una lección frente a todo el mundo.