Al día siguiente, Inés no fue a Recursos Humanos ni a la policía. En Puerto Bruma, denunciar era una forma elegante de avisar al enemigo. En cambio, siguió el rastro de la fotografía hasta el archivo municipal, donde los incendios viejos dormían en cajas húmedas.
El almacén quemado pertenecía a una cooperativa de estibadores desaparecida hacía veintidós años. Oficialmente, una caldera explotó durante la madrugada. Siete muertos. Una superviviente menor de edad. El expediente estaba incompleto: faltaban declaraciones, informes forenses y el plano del lugar.
Pero en una esquina del registro había un nombre tachado con tanta fuerza que el papel casi se rompía: Mateo Lira.
Inés buscó a Mateo durante tres días. Encontró primero su defunción. Luego su domicilio. Y finalmente, un rumor: Mateo no había muerto; lo habían enterrado en papeles para que dejara de hablar.
Lo localizó en una residencia clandestina para ancianos sin familia, al borde del puerto viejo. Mateo era un hombre flaco, con manos temblorosas y ojos desmesuradamente vivos.
—Usted declaró sobre el incendio —dijo Inés, mostrándole la foto.
Mateo la miró y dejó caer la taza.
—No —murmuró—. Yo no declaré. Yo vi.
Antes de que pudiera seguir, dos hombres entraron al comedor fingiendo ser enfermeros. Inés notó los zapatos: demasiado limpios para ese sitio. Tomó a Mateo del brazo y corrió. Los pasillos olían a lejía y pánico. Una puerta de emergencia cedió con un golpe de hombro. Afuera, la lluvia los recibió como una bofetada.
Se escondieron en una lavandería cerrada. Mateo respiraba con dificultad.
—Tu madre no murió por accidente —susurró—. Estaba sacando documentos del almacén. Pruebas de una ruta de contrabando. No drogas. Personas. Niños sin nombre, mujeres sin papeles. La cooperativa iba a denunciarlo.
A Inés se le heló la sangre.
—¿Quién ordenó el incendio?
Mateo negó con la cabeza, aterrado.
—Yo no vi su cara. Solo vi una marca en el anillo. Una grulla negra. El mismo símbolo que llevaban los camiones. Y vi a alguien sacar a una niña del fuego.
—¿A mí?
—Sí. Te sacó un hombre joven. Lloraba. Decía que no sabía que había niños dentro.
Inés pensó en los ojos de Damián Rivas, en su edad, en su calma demasiado ensayada. Pero veintidós años atrás él habría sido casi un adolescente.
Mateo le apretó la muñeca.
—La marca que tienes no es una quemadura. Te la hicieron después. Para reconocerte si sobrevivías.
En ese instante, el móvil de Inés vibró. Un mensaje de Damián: “Sé que estás con Mateo. Si quieres que viva, tráelo a mi oficina antes de medianoche”.