A Inés Valcárcel nadie la miraba dos veces. Era una ventaja que había aprendido a cultivar: faldas sin forma, gafas de montura gruesa, el cabello recogido con una pinza negra y una voz tan baja que obligaba a los demás a inclinarse para escucharla. En el Archivo Central de los Juzgados de Puerto Niebla, donde el polvo parecía tener más antigüedad que las leyes, Inés era apenas una sombra que trasladaba cajas.
Pero bajo la manga izquierda, escondida por una venda de algodón, llevaba una marca que no pertenecía a ninguna historia clínica: un círculo de tinta negra con tres líneas atravesándolo, como si alguien hubiera querido tachar su destino sobre la piel. Se la hicieron nueve años atrás, la noche en que su hermano Darío apareció muerto en un canal industrial y la policía cerró el caso como suicidio antes de que amaneciera.
Inés había visto el cuerpo. Había visto las uñas rotas de Darío, la mandíbula desencajada por los golpes, el pequeño papel húmedo pegado a su camisa: “Deja de buscar”. También había visto al inspector que guardó aquel papel en su bolsillo y luego declaró que no existía evidencia de violencia.
Desde entonces, Inés no buscaba justicia. Buscaba nombres.
Aquella mañana, entre expedientes de contrabando, desapariciones y empresas fantasma, encontró una carpeta que no debía estar allí. No tenía número de causa ni sello del juzgado. Solo una etiqueta: PROYECTO AZABACHE. Dentro había fotografías de mujeres marcadas con el mismo símbolo que ella llevaba en el brazo. Algunas estaban vivas. Otras aparecían en informes forenses. Todas habían trabajado, directa o indirectamente, para una compañía llamada Lúmina Norte, proveedora de sistemas de vigilancia para bancos, hospitales y edificios gubernamentales.
Inés sintió que el archivo entero se encogía a su alrededor.
En la última página, una nota manuscrita decía: “La próxima entrega se hará en la planta 27. Testigo confirmado: M. Salvatierra”.
El nombre le atravesó el pecho.
Mateo Salvatierra no era un desconocido. Había sido el periodista que prometió ayudarla cuando Darío murió. También había sido el hombre que la besó bajo la lluvia una noche de marzo y desapareció al día siguiente, dejando solo un mensaje: “No confíes en mí”.
Inés cerró la carpeta, la ocultó bajo su abrigo y salió del archivo sin despedirse. En la puerta, el guardia le sonrió con una amabilidad nueva.
—Señorita Valcárcel —dijo—. El juez Andrade la espera.
Inés no se movió. El juez Andrade era el mismo hombre cuya firma había convertido el asesinato de Darío en una muerte voluntaria.
Y ahora sabía que ella había encontrado algo.