El sótano de Grupo Liria no figuraba en los planos. Adrián abrió tres puertas con códigos distintos y una cuarta con una llave antigua que llevaba colgada al cuello. Detrás había una oficina sin ventanas, iluminada por lámparas verdes, llena de archivos, fotografías, recortes de prensa y nombres unidos con hilos negros.
—No eres director general —dijo Elena.
—Lo soy. Ese es el problema. Heredé una empresa podrida y una familia convencida de que la caridad sirve para lavar sangre.
Adrián le mostró un expediente. Inés había trabajado para Liria como consultora externa, contratada para auditar la fundación. Descubrió que Jacarandá Negro no era solo una cuenta: era una red que compraba testigos, jueces, periodistas y policías mediante donaciones falsas. La mujer de guantes rojos, Mara, administraba el sistema. Pero no era la jefa.
—¿Quién está por encima? —preguntó Elena.
Adrián tardó demasiado en contestar.
—Mi madre. Victoria Veyra.
Elena había visto a Victoria en revistas: viuda elegante, coleccionista de arte, benefactora de hospitales infantiles. La clase de mujer que besaba bebés ante las cámaras y arruinaba familias con una llamada.
—¿Y tú qué eres? ¿El hijo arrepentido? ¿El príncipe encerrado en su torre?
—Soy el hombre que intentó salvar a tu hermana y falló.
La frase cayó entre ambos con una violencia íntima. Elena quiso odiarlo. Era más fácil. Pero el video, el miedo en sus ojos, aquella habitación secreta llena de pruebas, todo complicaba su rabia.
Adrián confesó que Inés planeaba entregar los archivos a un juez incorruptible. La noche de su muerte, Mara descubrió la reunión. Adrián trató de sacarla por el ascensor de servicio, pero Inés huyó con una copia de seguridad. Subió a la azotea porque había quedado con alguien más: un testigo protegido que nunca apareció.
—¿Quién? —insistió Elena.
—No lo sé. Solo dejó un símbolo en los mensajes: una flor negra.
Elena se tocó la clavícula sin pensarlo. Adrián lo notó.
—Muéstrame.
—No.
—Elena…
—No uses mi nombre como si tuvieras derecho.
Él se apartó. Ese respeto inesperado la desarmó más que una caricia. Entonces el teléfono del sótano sonó. Adrián activó el altavoz.
La voz de Victoria Veyra llenó la oficina, suave y antigua.
—Hijo, dile a la señorita Duarte que su madre está tomando té conmigo.
Elena sintió que el mundo se estrechaba.
—Si le haces daño…
—Querida, el daño es una herramienta vulgar. Yo prefiero los acuerdos. Entrega la memoria de Bruno y el archivo de Inés antes de medianoche. A cambio, tu madre vuelve a casa y tú conservas tu empleo, tu vida y esa pequeña marca que tanto te intriga.
Adrián palideció.
—Madre, ella no sabe nada de eso.
Victoria rió apenas.
—Claro que sabe. Las Duarte siempre saben, aunque finjan contabilidad.
La llamada se cortó.
Elena miró a Adrián.
—¿Qué quiso decir con “las Duarte”?
Adrián abrió una caja fuerte. Dentro había un diario de tapas moradas, viejo, con la letra de la abuela de Elena en la primera página.
“Si una flor negra aparece en la piel de una mujer de nuestra sangre, significa que el pacto fue roto. Y alguien debe cobrar la deuda.”
Elena no tuvo tiempo de pedir explicaciones. Arriba, en el vestíbulo, comenzaron a sonar disparos.