La oficina de auditoría estaba en el piso doce, lejos de los salones dorados donde Liria organizaba bodas de millonarios y cenas benéficas para políticos que sonreían sin enseñar los dientes. Elena pidió acceso total a proveedores, donaciones y contratos de remodelación. Nadie se lo negó. Eso la inquietó más.
Los criminales torpes esconden documentos. Los poderosos te los entregan ordenados, confiando en que la verdad parezca demasiado aburrida para doler.
Encontró facturas duplicadas, pagos a empresas de seguridad sin empleados, donaciones a orfanatos que no existían y una cuenta recurrente: JN-13. Jacarandá Negro. Trece millones de euros movidos en pequeñas partidas durante dos años.
A las diez de la noche, cuando el edificio ya olía a café frío y perfume caro evaporado, Elena oyó un ruido en el archivo físico. Sacó del bolso un pequeño aerosol de defensa. Abrió la puerta de golpe.
Un hombre de limpieza estaba arrodillado frente a un armario abierto. Temblaba. En la mano sostenía una memoria USB.
—No grite —suplicó—. Yo no la maté.
Se llamaba Bruno Salvat. Trabajaba de noche, invisible para ejecutivos y cámaras. La noche en que Inés murió, Bruno había visto a dos personas discutir con ella junto al ascensor de servicio. Una era una mujer con guantes rojos. El otro, Adrián Veyra.
—¿Por qué no declaró? —preguntó Elena.
Bruno le mostró la muñeca. Tenía una quemadura circular, como un sello.
—Me dijeron que si hablaba, mi hijo iba a desaparecer del hospital donde está ingresado. Me dieron dinero. Luego me dieron miedo. El miedo dura más.
La memoria contenía trece minutos de grabación. La cámara no se había apagado: alguien había borrado el archivo oficial, pero Bruno había copiado el respaldo. Elena lo conectó a su portátil.
En la imagen, Inés discutía con Adrián. No se oía el audio, pero los gestos eran claros: ella le entregaba una carpeta; él negaba con desesperación; ella señalaba hacia arriba, como si alguien los observara desde una cámara. Entonces apareció la mujer de guantes rojos. Su rostro quedaba fuera de plano. Levantó una mano, tocó el hombro de Adrián y él retrocedió, pálido.
La grabación se cortaba justo cuando Inés corría hacia la escalera.
—Hay más —dijo Bruno—. Pero no lo tengo yo. La señorita Inés escondió algo en el lugar donde nadie de Liria se atreve a entrar.
—¿Dónde?
Bruno miró hacia el vestíbulo, hacia el árbol negro bajo el cristal.
—En las raíces.
Antes de que Elena pudiera responder, la alarma contra incendios estalló. Las luces se volvieron rojas. Por los altavoces, una voz metálica ordenó evacuar.
Elena guardó la memoria en el sujetador y corrió con Bruno hacia las escaleras. En el piso ocho, una puerta se abrió. Dos guardias bloqueaban el paso.
Y detrás de ellos, con guantes rojos de cuero, estaba la directora de la fundación Liria: Mara Celis, famosa por rescatar niños en galas televisadas.
—Señorita Duarte —dijo Mara—. Hay lecciones que se aprenden tarde. La primera: no se ayuda a los muertos si una quiere seguir viva.
Bruno empujó a Elena hacia la puerta de emergencia y recibió el golpe destinado a ella. Cayó por los escalones. Elena gritó, pero ya no podía detenerse. Bajó tres pisos perseguida por pisadas y humo falso. Al llegar al vestíbulo, alguien la tomó del brazo y la metió en el ascensor privado.
Adrián Veyra pulsó el botón de sótano.
—Si querías matarme, había formas menos teatrales —dijo Elena, jadeando.
—Si quisiera matarte, ya estarías muerta.
—Eso suelen decir los culpables con buen traje.
Adrián la miró. Por primera vez no había calma en su rostro.
—Tu hermana no me dio una carpeta para denunciarme. Me la dio para que la escondiera. Y si Mara te ha visto con Bruno, esta noche van a borrar a tu madre también.
El ascensor descendió sin hacer ruido.
Elena sintió que la marca bajo su clavícula ardía como si floreciera.