Elena Duarte llevaba seis años contando mentiras ajenas en hojas de cálculo. Era perito contable para aseguradoras, bancos y divorcios millonarios: seguía el rastro del dinero como otros siguen migas de pan. Por eso supo, antes que la policía, que la muerte de su hermana Inés no había sido un accidente.
El informe decía: caída desde el quinto piso de un edificio corporativo en remodelación. El expediente añadía: sin indicios de violencia. El portero juró que Inés entró sola. Las cámaras, casualmente, habían dejado de grabar durante trece minutos. Y el seguro de vida, activado tres semanas antes, nombraba beneficiaria a una fundación inexistente: Jacarandá Negro.
La mañana del funeral, Elena despertó con una mancha oscura bajo la clavícula. No era un lunar. No era un golpe. Tenía la forma de una flor aplastada, como si alguien la hubiera dibujado con tinta bajo la piel. Su madre, al verla, se santiguó.
—Tu abuela decía que esa marca aparece cuando una mujer de la familia le debe una verdad a los muertos.
Elena no creía en maldiciones. Creía en transferencias, sociedades pantalla, firmas falsificadas. Pero esa marca ardía cada vez que abría el último mensaje de Inés: “Si me pasa algo, no mires al asesino. Mira quién gana cuando todos miran al asesino”.
Dos días después, una oferta de trabajo llegó a su correo privado. Directora de auditoría interna en Grupo Liria, una empresa de eventos de lujo, bienes raíces y fundaciones benéficas. Sueldo absurdo. Incorporación inmediata. Firma del director general: Adrián Veyra.
Elena reconoció el nombre. Grupo Liria era dueño del edificio desde donde cayó Inés.
Aceptó sin dudar.
El primer día entró a la torre con un vestido gris, un expediente falso y un micrófono del tamaño de una lenteja cosido en el dobladillo. En el vestíbulo, un árbol de jacarandá crecía en una urna de cristal negro. No tenía flores violetas, sino pétalos oscuros, casi azules, como moretones.
—Dicen que florece cuando alguien firma algo que no debe —dijo una voz a su espalda.
Elena se volvió. Adrián Veyra era más joven de lo que esperaba, impecable sin parecerlo, con la calma peligrosa de quien aprendió a negociar antes que a pedir permiso. Sus ojos recorrieron su rostro, no su cuerpo, y se detuvieron un segundo en la clavícula, justo donde la tela ocultaba la marca.
—Bienvenida a Liria, señora Duarte.
—Señorita.
—Aquí todos corregimos algo el primer día.
Elena sonrió apenas. Él también. Durante un instante pareció una entrevista laboral normal. Entonces el móvil de Adrián vibró sobre la mesa de recepción. La pantalla se iluminó con una fotografía: Inés, viva, mirando a cámara desde un ascensor.
Adrián la bloqueó de inmediato.
Elena comprendió que el hombre que podía destruirla era también la primera grieta del muro.