El gimnasio se llamaba La Cantera y quedaba en Vallecas, debajo de una lavandería que olía a humedad y detergente barato. Clara no pisaba ese lugar desde el funeral de su hermano, Dani. Allí había entrenado, había sangrado, había jurado que ganaría suficiente dinero para sacar a su familia de las deudas. Allí también había conocido al hombre de la foto: Rafael “Rafa” Molina, campeón sin título oficial, desaparecido la noche en que la selección argentina levantaba copas en México y media ciudad gritaba frente a televisores pequeños.
El dueño actual era una mujer de sesenta años con trenzas grises y voz de campana rota: Adela.
—Dani vino buscando lo mismo que tú —le dijo a Clara—. La lista de apuestas.
Mateo permanecía detrás, en silencio. Clara aún no sabía si era aliado o verdugo, pero había aceptado que sus enemigos eran más rápidos cuando ella caminaba sola.
Adela los llevó a un cuarto donde colgaban sacos vencidos y fotografías amarillentas. En una de ellas aparecía Leonor Aguirre, joven, elegante, junto a varios empresarios y deportistas. Al centro, un muchacho con sonrisa insolente: Íñigo Sol antes de ser famoso.
—En el 86 organizaron una pelea durante la final —explicó Adela—. No por deporte. Por dinero. Apostaron fortunas de políticos, artistas y bancos. Rafa iba a perder por contrato, pero se negó. Ganó en el sexto asalto y arruinó a gente que nunca perdona.
—¿Y Horizonte? —preguntó Mateo.
Adela abrió una taquilla oxidada y sacó una cinta VHS.
—Era el nombre del fondo donde lavaron las pérdidas. Después usaron fundaciones, conciertos, campañas. Dani encontró la copia. Por eso lo mataron.
Clara tomó la cinta con manos temblorosas. En su interior se mezclaban rabia y duelo, pero también una claridad nueva. Su hermano no había muerto huyendo: había muerto llegando demasiado cerca.
De pronto, se escuchó un golpe arriba. Luego otro. Pasos.
Mateo apagó la luz.
Tres hombres bajaron al gimnasio. No parecían ladrones; parecían empleados de una orden antigua. Uno llevaba una pistola con silenciador.
Adela señaló una puerta trasera.
—Corred.
Clara dudó.
—Venga con nosotros.
—Yo ya declaré una vez y nadie me escuchó. Ahora te toca a ti.
Mateo tiró de Clara hacia el pasillo. Al salir, sonó un disparo seco. Clara se detuvo, pero Mateo la abrazó por detrás para impedirle volver.
—Si entramos, morimos los tres.
Ella lo empujó, llorando sin ruido.
—¡Siempre eliges sobrevivir!
Mateo no respondió. Solo le entregó su móvil.
Había grabado toda la confesión de Adela.
Entonces Clara comprendió la condena de ambos: él había aprendido a sobrevivir para algún día poder reparar; ella había vivido esperando morir para demostrar la verdad.
Y ninguno de los dos sabía qué hacer con el deseo absurdo de salvar al otro.