Mateo Rivas tenía una regla: nunca proteger a nadie que pudiera convertirse en prueba. La había aprendido en los tribunales, en los hoteles donde se negociaban sobornos con café caro, en los funerales donde los inocentes siempre parecían pedir disculpas por morir.
Pero Clara no encajaba en sus expedientes. No suplicaba, no coqueteaba, no se vendía. Cuando tenía miedo, se volvía más precisa. Cuando mentía, lo hacía para salvar a otros. Y eso era peligroso.
Al día siguiente, el consejo de Lúmina convocó una reunión urgente. En la sala ovalada, las pantallas mostraban el rostro de un cantante fallecido años atrás, Íñigo Sol, ídolo de estadios, acusado póstumamente de haber financiado redes ilegales a través de fundaciones deportivas. La prensa lo llamaba “El Veredicto del Ángel”. Cada canal emitía documentales, entrevistas, lágrimas y condenas antes del juicio.
Lúmina había administrado su patrimonio.
—Necesitamos cerrar esto —dijo la presidenta, Leonor Aguirre—. Mateo, prepara una versión limpia. Clara revisará los soportes contables.
Clara notó el veneno en la sonrisa de Leonor. Si aceptaba, se convertía en cómplice. Si se negaba, la culparían.
—Hay transferencias vinculadas a Horizonte —dijo Clara, midiendo cada palabra—. Y a un evento deportivo en México, en 1986.
El silencio cayó pesado.
Mateo giró apenas la cabeza hacia ella. No era sorpresa. Era advertencia.
Leonor dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Señorita Valdés, algunos fantasmas son caros de desenterrar.
Clara entendió entonces que su hermano no había muerto por accidente. Había seguido una ruta de dinero desde Madrid hasta Ciudad de México, desde una final de boxeo clandestina hasta una fundación con nombre de niño enfermo.
Esa noche, Mateo la siguió hasta el aparcamiento.
—Si vuelve a mencionar México 86 delante del consejo, no podré ayudarla.
—No le he pedido ayuda.
—No. Pero la necesita.
Clara se volvió, furiosa.
—¿Por qué? ¿Porque soy la empleada marcada? ¿La testigo que todos pueden desacreditar?
Mateo se acercó un paso. La luz fría del garaje partía su rostro en dos.
—Porque yo fui quien enterró el primer informe de Horizonte.
La confesión la golpeó más que una amenaza. Clara quiso abofetearlo, denunciarlo, odiarlo con orden y método. Pero vio algo en sus ojos: culpa, no cálculo.
—Mi hermano murió por ese informe —susurró.
Mateo bajó la mirada.
—Y mi padre también.
Antes de que Clara pudiera responder, un coche arrancó sin luces al fondo del aparcamiento. Avanzó hacia ellos con violencia. Mateo la empujó contra una columna y el vehículo pasó rozándolos, dejando en el suelo un sobre negro.
Dentro había una fotografía: Clara, su hermano y un hombre joven con guantes de boxeo, tomada en un gimnasio antiguo.
Al reverso, una fecha: 29 de junio de 1986.