Clara e Iván escaparon por el archivo de proveedores, una habitación olvidada donde los contratos viejos olían a polvo y a culpa. Bajaron veinte pisos por una escalera de emergencia mientras arriba la seguridad de Altamar fingía colaborar con una policía demasiado puntual. En el estacionamiento, Iván abrió un coche que no estaba a su nombre.
—¿Cuántas cosas más no están a tu nombre? —preguntó Clara.
—Las suficientes para seguir vivo.
No había tiempo para discutir. El gimnasio donde Lucía había citado a Clara quedaba en la periferia, bajo un puente ferroviario. Allí entrenaba Mateo Cruz. No parecía un héroe. Era delgado, con una ceja partida y las manos vendadas con esparadrapo barato. Su madre limpiaba oficinas de noche; su hermana pequeña dormía sobre dos colchonetas junto al ring.
—No voy a declarar —dijo Mateo apenas los vio—. Cada adulto que prometió ayudarme terminó vendiéndome.
Clara no le habló como abogada. Se sentó frente a él y puso la memoria sobre la lona.
—Entonces no declares por nosotros. Declara por ti. Pero necesito saber qué viste.
Mateo miró a Iván, y algo en su cara se rompió.
—Vi a su hermano —dijo—. No se mató.
El silencio fue un golpe que nadie esquivó.
Mateo contó que, dos años atrás, durante una concentración, había visto al hermano de Iván discutir con un médico de Altamar. Hablaban de resultados manipulados, de sustancias administradas sin consentimiento, de apuestas disfrazadas de patrocinio. Esa misma noche lo sacaron del dormitorio. Al día siguiente apareció muerto y todos aprendieron la lección: el que hablaba, perdía algo más que una pelea.
Iván se apartó hacia los vestuarios. Clara lo siguió. Lo encontró con los nudillos contra la pared, respirando como si acabara de terminar diez asaltos.
—No puedes convertir esto en venganza —dijo ella.
—¿Y tú no puedes convertirlo en procedimiento? —respondió él—. Mi hermano era una persona, no una prueba documental.
—Precisamente por eso tenemos que llegar vivos al juicio.
Iván bajó la mirada. La rabia dejó un espacio pequeño, peligroso.
—Cuando te conocí, pensé que eras la única en esa torre que todavía creía en reglas.
—Y yo pensé que eras el tipo de hombre que usa las reglas como escalera.
—Quizá los dos teníamos razón.
No se besaron. Habría sido fácil, y por eso no lo hicieron. Afuera, Mateo subió al ring para una pelea que oficialmente no existía. El combate se transmitiría a apostadores privados; Barreto estaría conectado. Si Mateo ganaba, Lucía liberaría la copia completa de los archivos. Si Mateo perdía, los corruptos tendrían la excusa perfecta para enterrarlo como otro chico problemático.
En el tercer asalto, Mateo cayó. En el cuarto, volvió a caer. En el quinto, Clara vio a un hombre acercarse a la hermana del chico. No llevaba arma visible. No le hacía falta. Clara corrió hacia él, pero una voz amplificada llenó el gimnasio.
—La transmisión está en vivo para todo el país.
Era Lucía. Estaba en la cabina de sonido, pálida, con la cicatriz iluminada por una lámpara rota. Había conectado el video no a los apostadores, sino a una red de periodistas y a la fiscalía internacional.
Mateo, tambaleante, escuchó la frase como si fuera una campana nueva. Entonces dejó de pelear para ganar y empezó a pelear para durar. Cada segundo de pie era una declaración. Cada golpe recibido, una prueba de que no habían logrado callarlo.
Pero cuando sonó el final del combate, el árbitro levantó la mano del rival. Mateo había perdido.
Y Lucía, desde la cabina, susurró al micrófono abierto:
—Entonces ahora verán por qué la derrota también puede condenarlos.