La mujer se llamaba Lucía Sarmiento, aunque en los archivos de Altamar figuraba como fallecida desde hacía dos años. Clara lo descubrió a las tres de la mañana, encerrada con Iván en una sala de crisis sin ventanas. La memoria contenía registros de pagos, audios incompletos y un video de mala calidad grabado en un gimnasio municipal: un entrenador entregaba sobres a un funcionario; detrás, unos chicos golpeaban sacos como si el mundo pudiera arreglarse a puñetazos.
Pero lo peor no era el soborno. Lo peor era una lista de nombres bajo el título “selección médica”. Eran deportistas juveniles descartados de becas por supuestas lesiones. Clara reconoció uno: Mateo Cruz, diecisiete años, promesa de la categoría mediana, expulsado del programa de Altamar una semana antes de una final. Al margen, alguien había escrito: “No coopera. Presionar familia”.
—Esto no es solo corrupción —dijo Clara—. Están eligiendo quién compite, quién cae y quién desaparece.
Iván no contestó. Miraba un audio con el rostro endurecido.
—¿Qué sabes? —preguntó ella.
Él tardó demasiado.
—Entré en Altamar por esto. Mi hermano fue boxeador. Se suicidó después de que lo acusaran de dopaje. Nunca creyó nadie en su inocencia. Yo sí.
Clara sintió que el suelo cambiaba de lugar. Iván no era solo el ejecutivo brillante que desarmaba juntas directivas con media frase. Era un infiltrado emocional, un hombre buscando una sentencia contra fantasmas.
—¿Y pensabas usarme?
—Pensaba mantenerte lejos.
—Qué romántico. Mentirme por mi bien.
La puerta se abrió antes de que la herida entre ellos encontrara nombre. Entró Julián Barreto, presidente de Altamar, impecable incluso a esa hora. Traía dos guardias y una expresión de padre decepcionado.
—Clara, necesito la memoria. Hay información sensible de menores. Si sale de aquí, destruyes vidas.
—Las vidas ya las destruyó alguien más.
Barreto miró a Iván.
—Rivas, esperaba más lealtad de ti. O al menos más inteligencia.
Entonces sonó el teléfono de Clara. Número desconocido. Una respiración entrecortada.
—Soy Lucía. No confíe en la policía que va a llegar. El testigo verdadero no soy yo. Es el chico.
—¿Mateo?
—Mañana pelea la final clandestina que no existe. Si gana, hablará. Si pierde... lo harán callar como a los otros.
La llamada se cortó con un ruido de metal. En ese instante, las sirenas comenzaron a subir por la avenida. Barreto sonrió apenas.
—Entreguen la memoria —dijo—. Y quizá pueda salvarlos de lo que ya firmé en sus nombres.