Clara Montes aprendió a leer mentiras antes que contratos. En la planta cuarenta y dos de Torre Liria, donde la ciudad parecía una maqueta de luces nerviosas, trabajaba como directora de cumplimiento de Altamar, una corporación que financiaba estadios, campañas de salud y fundaciones para niños atletas. Su jefe decía que ella era “la conciencia de la empresa”. Clara sabía que, en realidad, era el extintor: la llamaban solo cuando algo empezaba a arder.
La noche en que todo cambió, el incendio llegó vestido de gala. Altamar celebraba la firma del patrocinio principal de la Copa Aurora, un torneo de boxeo juvenil que prometía convertir a barrios olvidados en semilleros de campeones. Había cámaras, ministros, exdeportistas y copas de champán que nadie terminaba. Clara revisaba el contrato final cuando vio una cláusula añadida a última hora: una transferencia de siete millones a una consultora inexistente llamada Niebla Sur.
—Eso no pasa mi firma —dijo.
A su lado, Iván Rivas sonrió con la paciencia de quien está acostumbrado a ganar. Era el nuevo director de estrategia, traje oscuro, mirada de madrugada, el hombre que en tres meses había logrado que todos lo odiaran un poco y lo admiraran demasiado. Clara también lo odiaba un poco. Y lo admiraba más de lo prudente.
—Si paras esto ahora, hundes la Copa —susurró Iván—. Mañana entrenan quinientos chicos gracias a este acuerdo.
—Si lo firmo, mañana alguien lava dinero gracias a esos chicos.
La discusión quedó suspendida cuando una mujer irrumpió en el salón. Tenía el vestido roto, el pelo pegado a la frente por la lluvia y una cicatriz reciente que le cruzaba el cuello como una firma violenta. En la muñeca llevaba dibujado un pequeño triángulo negro.
—Busco a Clara Montes —dijo, y su voz hizo callar a la orquesta—. Usted fue la única que no cobró.
Antes de que Clara pudiera responder, las luces se apagaron. Hubo un grito, cristales rotos y el golpe seco de un cuerpo contra el mármol. Cuando regresó la electricidad, la mujer había desaparecido. En el suelo quedó su bolso. Dentro, una memoria cifrada y una tarjeta con cuatro palabras escritas a mano: “No mire el video sola”.
Iván fue el primero en cerrar la puerta del salón.
—Clara —dijo, ya sin sonrisa—, si lo que hay ahí es lo que creo, esta noche todos estamos en peligro.
Y por primera vez desde que lo conocía, ella notó que él no intentaba convencerla. Intentaba protegerla.