Durante los días siguientes, Atalanta se convirtió en un campo minado. Clara interrogó empleados que de pronto olvidaban fechas, revisó expedientes con páginas arrancadas y recibió llamadas mudas a medianoche. Mateo, contra el consejo de su junta, le permitió entrar en despachos sellados y depósitos donde dormían cajas sin inventariar desde los años noventa.
La tensión entre ellos dejó de ser solo profesional. Discutían a gritos por la mañana y compartían café frío por la noche. Él conoció su costumbre de tocarse la cicatriz cuando pensaba. Ella descubrió que Mateo desaparecía cada jueves durante dos horas y volvía con los nudillos vendados.
—¿También golpea paredes para gestionar su culpa? —preguntó Clara al verlo entrar en el archivo.
—Entreno boxeo.
—Conveniente, considerando que su empresa estafó a boxeadores.
—Por eso entreno. Para recordar que un golpe real duele más que una firma.
Mateo le contó entonces que de adolescente quiso competir, pero su padre lo obligó a estudiar finanzas. El gimnasio de Olimpo Sur había sido su única rebeldía. Allí conoció a chicos que Atalanta usaba como publicidad y abandonaba cuando dejaban de ganar. Uno de ellos era Nico, el hermano de Clara.
—¿Lo conocía? —preguntó ella, con la voz helada.
Mateo asintió.
—Era rápido. Más de lo que creía. Un día desapareció del circuito. Pregunté por él y me dijeron que su familia había rechazado la beca.
Clara dio un paso atrás.
—Mi madre vendió el coche para pagar su rehabilitación.
El descubrimiento pudo separarlos, pero hizo lo contrario: los ató a la misma rabia. Encontraron una pista en una caja de fotografías: una mujer joven con gafas rojas aparecía junto a Arturo Soler en varios eventos de Olimpo Sur. En el reverso de una imagen, alguien había escrito: “Lidia R. sabe dónde están los originales”.
Lidia Ríos, descubrieron, era ahora productora de documentales judiciales. Había construido su carrera narrando grandes escándalos, pero jamás mencionó Atalanta. Clara la citó en una cafetería discreta.
Lidia llegó tarde, envejecida y nerviosa. Al ver la cicatriz de Clara, bajó la mirada.
—Yo estaba allí la noche del accidente —confesó antes de sentarse—. Tu padre me entregó copias de todo. Me pidió que las publicara si le pasaba algo.
—¿Y por qué no lo hizo?
Lidia lloró sin lágrimas.
—Porque Arturo Soler tenía fotos, cuentas, nombres. Podía hundirnos a todos. Y porque yo era cobarde.
Mateo apretó los dientes.
—¿Dónde están las copias?
—En un sitio donde Arturo jamás buscaría: el viejo gimnasio Mérida. Pero si van, háganlo antes del sábado. Van a demolerlo.
Cuando salieron de la cafetería, una moto sin matrícula se subió a la acera. Mateo empujó a Clara contra una pared justo antes de que el vehículo rozara su hombro. Cayeron juntos. Por primera vez, Clara tembló sin esconderlo.
Mateo le tocó la mejilla, lejos de la cicatriz.
—No voy a dejar que te borren.
Ella debió apartarse. En lugar de eso, lo besó con furia, como si besar al hijo del enemigo fuera otra forma de declarar la guerra.
En ese instante, desde un coche aparcado, alguien les tomó una fotografía.