El fallo eléctrico duró apenas cuatro minutos, pero a Clara le bastaron para comprender que alguien dentro de Atalanta conocía su pasado. Cuando las puertas se abrieron, Mateo intentó acompañarla a seguridad. Ella lo rechazó con un gesto seco.
—No soy una empleada asustada.
—No —respondió él—. Es peor. Es una auditora asustada que finge no estarlo.
Aquella noche, Clara revisó facturas en una oficina prestada del piso diecinueve. El edificio se vaciaba lentamente, pero ella permaneció bajo la luz blanca, siguiendo nombres de proveedores inexistentes y transferencias divididas en cantidades pequeñas. Todo conducía a un proyecto llamado Olimpo Sur: becas para jóvenes boxeadores de barrios periféricos, patrocinadas por Atalanta durante una década.
Clara conocía ese nombre. Su hermano menor, Nico, había entrenado en uno de esos gimnasios hasta que una lesión mal atendida lo dejó cojeando. Su familia jamás recibió la ayuda prometida.
A las once y trece, un correo anónimo apareció en su bandeja: “SI QUIERES SABER POR QUÉ TU PADRE MURIÓ, BUSCA EL ARCHIVO 86”.
Clara dejó de respirar.
Su padre, Esteban Varela, había sido chófer de la empresa cuando ella era niña. Murió en un accidente de carretera tras transportar documentos durante una noche de tormenta. La versión oficial: sueño al volante. La versión de Clara: demasiadas preguntas sin respuesta.
Buscó “86” en el servidor. Nada. Buscó en respaldos antiguos. Nada. Intentó acceder al archivo histórico y el sistema le pidió una clave de directivo.
—Pruebe con la mía.
Clara giró la cabeza. Mateo estaba en la puerta, sin corbata, con el rostro más serio que durante la mañana.
—¿Me vigila?
—Mi empresa está siendo investigada. Usted recibió una amenaza en mi ascensor. Sí, la vigilo.
—Qué romántico.
—No lo haga sonar como si fuera a invitarla a cenar.
—No aceptaría.
—Me lo imaginaba.
Aun así, Mateo introdujo su clave. El sistema abrió una carpeta cifrada: ARCHIVO_86_PROYECTO_MÉRIDA. Dentro había contratos, informes médicos falsificados, fotografías de jóvenes boxeadores y una lista de pagos a jueces deportivos, periodistas y funcionarios. Al final, un video antiguo mostraba a Esteban Varela discutiendo con el padre de Mateo, Arturo Soler, entonces presidente de Atalanta.
La imagen era granulada, pero el audio se entendía:
—Si esto sale, nos hundimos todos —decía Arturo.
—No —respondía Esteban—. Se hunden ustedes. Los chicos ya se hundieron.
Clara sintió que el suelo desaparecía. Mateo, pálido, cerró el puño.
—Mi padre me dijo que Esteban robó dinero y escapó.
—Mi padre murió esa misma noche.
Antes de que alguno pudiera decir más, el archivo se borró ante sus ojos. La pantalla quedó negra y apareció un mensaje: “ÚLTIMA ADVERTENCIA”.
En el reflejo del monitor, Clara vio a Mateo mirándola no como enemigo, sino como alguien que acababa de descubrir que su apellido podía ser una escena del crimen.