El gimnasio de Vallecas olía a cuero viejo, linimento y rabia. Darío insistió en acompañarla, aunque Clara sospechaba que lo hacía por culpa, por estrategia o por esa forma insoportable de mirarla como si quisiera memorizarla antes de perderla.
Nico apareció a medianoche, libre pero no ileso. Tenía un ojo inflamado y las manos temblorosas. No quiso abrazarla hasta comprobar que no la habían seguido.
—No debiste venir —murmuró.
—Soy tu hermana. Es mi especialidad hacer lo contrario de lo conveniente.
Nico miró a Darío.
—¿Y este traje caro?
—Un problema temporal —dijo Clara.
—Los problemas temporales no llevan zapatos italianos.
Darío aceptó el golpe con elegancia.
Nico contó que lo habían obligado a aceptar la pelea de exhibición contra León Arce, una estrella invicta patrocinada por Armenta. Pero el plan no era que Nico perdiera. El plan era que golpeara a León con guantes manipulados, causándole una lesión grave frente a millones de espectadores. Luego revelarían las antiguas peleas ilegales de Nico y lo presentarían como un criminal descontrolado. Clara quedaría desacreditada como testigo. Darío, como directivo responsable, sería expulsado. Vera tomaría el control total.
—¿Por qué tanto teatro? —preguntó Clara.
Darío respondió antes que Nico.
—Porque mañana también empieza el juicio público sobre Lucerna. Si convierten a los denunciantes en monstruos, nadie escuchará las pruebas.
Clara se sentó al borde del ring. Durante años había traducido las palabras de otros. Ahora tenía que encontrar las suyas.
—Entonces les daremos un espectáculo distinto.
El plan era suicida: Nico pelearía, pero con guantes revisados por un médico independiente; Darío filtraría a un periodista de confianza el registro interno de seguridad; Clara entraría al juicio como intérprete suplente y, durante la transmisión, introduciría una prueba que aún no tenía.
—Nos falta el archivo original —dijo Darío—. Sin eso, Vera negará todo.
Nico bajó la voz.
—Hay una copia.
Clara lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
Su hermano sacó de debajo de una tabla del ring una memoria antigua, cubierta con cinta.
—Papá no murió en un atraco, Clara. Trabajaba como conductor para Armenta. Una noche llegó con esto y me dijo que, si algo le pasaba, lo escondiera. Yo era un crío. Me asusté. Nunca te lo conté.
La sala quedó muda.
Clara pensó en su padre, en el funeral sin respuestas, en su madre apagándose poco a poco, en la cicatriz que apareció en su piel la misma noche de aquella muerte, sin golpe ni explicación.
Darío conectó la memoria a un portátil aislado. Carpeta tras carpeta surgieron nombres, pagos, expedientes. Y un video: el padre de Clara dentro de un parking, hablando con el padre de Darío.
“Si Vera activa Lucerna, no habrá elecciones, solo simulacros”, decía el fundador de Armenta. “Lleva a la niña lejos. Ella vio el símbolo. La marcarán para vigilarla.”
Clara dejó de respirar.
En el video, una niña de siete años dormía en el asiento trasero de un coche. Era ella. En su clavícula, recién dibujada con tinta quirúrgica, la media luna.
La marca no era destino. Era un código.
Antes de que pudieran copiar todo, las ventanas del gimnasio estallaron. Entraron hombres con cascos negros. Darío empujó a Clara detrás de las cuerdas. Nico, con el instinto de los viejos campeones, apagó las luces de un puñetazo al cuadro eléctrico.
En la oscuridad, Clara sintió la mano de Darío buscar la suya.
—Cuando salgamos de esta —susurró él—, voy a invitarte a cenar sin amenazas de muerte.
—Cuando salgamos de esta —respondió ella—, quizá diga que no.
—Eso ya es más esperanza de la que tenía.
Corrieron hacia la puerta trasera con la memoria escondida en el vendaje de Nico. Detrás, una voz ordenó disparar.