Tres días antes, Clara había sido llamada como intérprete para un testigo anónimo procedente de Chile, un ingeniero de datos que aseguraba haber trabajado en “Lucerna”, una plataforma privada usada por Armenta Global para predecir protestas, manipular campañas y silenciar denuncias. El testigo llegó con barba postiza, pasaporte falso y pánico verdadero. Solo alcanzó a decir una frase antes de que se cortara la luz en la sala:
—No es inteligencia artificial. Es chantaje automatizado.
Cuando regresó la electricidad, el hombre estaba muerto. Oficialmente, infarto. Extraoficialmente, Clara vio algo: una mujer de traje blanco saliendo por la puerta de servicio con un alfiler dorado en forma de luna. La misma forma de la cicatriz de Clara.
Desde entonces la seguían coches sin matrícula. En su buzón aparecían sobres vacíos. Su jefe le pidió que olvidara lo ocurrido “por estabilidad institucional”. Y ahora su hermano estaba secuestrado.
Darío la llevó a su despacho, un cubo suspendido sobre la ciudad. Cerró las persianas electrónicas y activó un inhibidor de señal.
—Habla —ordenó.
—No recibo órdenes de abogados corporativos.
—Bien. Entonces recibe un dato: hace seis meses mi padre, fundador de Armenta, murió en un accidente de helicóptero. Yo heredé su silla, no sus secretos. Desde entonces intento probar que Lucerna existe.
Clara se rió sin humor.
—Conveniente. El príncipe del castillo dice que no conocía la mazmorra.
Darío abrió una caja fuerte oculta tras una pintura abstracta. Sacó una carpeta con fotografías: jueces, ministros, periodistas, deportistas, empresarios. Todos con anotaciones al margen. Deudas, amantes, adicciones, expedientes médicos.
Entre las fotos había una de Nico, tomada años atrás después de una pelea clandestina. Clara la arrebató.
—Él dejó todo eso.
—Alguien quiere que vuelva a pelear —dijo Darío—. Hay una gala benéfica mañana. Un combate de exhibición transmitido en directo. Nico fue invitado y rechazó. Si lo tienen, tal vez quieren usarlo como mensaje.
—¿A quién?
Darío la miró con una intensidad que a Clara le molestó porque parecía sincera.
—A ti. Al testigo lo mataron porque habló. A ti te marcaron porque viste.
Antes de que Clara pudiera responder, la pantalla del despacho se encendió sola. Apareció la mujer del traje blanco. Cabello plateado, sonrisa perfecta, alfiler dorado.
—Buenas tardes, Darío. Señorita Belmonte. Qué romántico verlos conspirar en horario laboral.
Darío palideció.
—Vera.
—No pongas esa cara. Tu padre siempre decía que eras demasiado sentimental para dirigir una empresa seria.
Clara dio un paso al frente.
—¿Dónde está mi hermano?
Vera inclinó la cabeza.
—En el lugar donde todos muestran su verdadera cara: un ring.
La transmisión se cortó. En la mesa apareció impreso, desde una impresora que nadie había encendido, un contrato de confidencialidad. Si Clara lo firmaba, Nico viviría. Si no, el combate de mañana terminaría con un “accidente deportivo”.
En la última página había una cláusula escrita a mano: “La marca siempre vuelve a su dueña”.
Clara se tocó la cicatriz. Por primera vez en años, no le ardió. Le dolió como una llave girando dentro de una cerradura.