Clara Belmonte aprendió a respirar sin hacer ruido durante las audiencias. Como traductora judicial del Tribunal Central de Madrid, sabía que una palabra mal puesta podía condenar a un inocente o salvar a un monstruo. Por eso, cuando el ascensor de la torre Armenta se detuvo entre los pisos treinta y treinta y uno, y las luces parpadearon como si alguien dudara desde el otro lado del mundo, Clara no gritó.
Frente a ella estaba Darío Saavedra, director jurídico de Armenta Global, el hombre más joven en ocupar una oficina de cristal en aquella compañía, y también el más odiado por la prensa esa semana. Llevaba la corbata floja, un corte reciente en el pómulo y el aire de quien había pasado la noche discutiendo con fantasmas.
—Usted no trabaja aquí —dijo él, estudiándola.
—Hoy sí. Vengo a traducir una declaración interna.
—¿Sobre el caso Lucerna?
Clara no respondió. El protocolo le prohibía hablar, pero la cicatriz bajo su clavícula, una marca curva en forma de media luna, empezó a arderle bajo la blusa. Le ocurría desde niña cuando se acercaba a algo peligroso. Su abuela decía que era superstición. Su madre decía que era memoria del cuerpo. Clara prefería no nombrarlo.
El ascensor tembló. De pronto, el panel se apagó y una voz metálica anunció: “Emergencia técnica”. Darío pulsó el intercomunicador. Nada.
Entonces sonó un teléfono que no era de ninguno de los dos. Estaba pegado con cinta debajo del pasamanos. En la pantalla apareció un mensaje: “Si declaras lo que viste en el archivo, muere el boxeador”.
Clara sintió que el aire se volvía vidrio.
—¿Qué boxeador? —preguntó Darío.
Ella tampoco debía contestar. Pero en la foto que acompañaba al mensaje reconoció a su hermano menor, Nico Belmonte, campeón regional retirado después de una lesión, ahora entrenador de niños en Vallecas. La imagen lo mostraba en un gimnasio vacío, atado a una silla, con sangre en la ceja.
El ascensor volvió a moverse de golpe. Darío la sostuvo por la cintura para evitar que cayera, y esa cercanía absurda, en medio de una amenaza, le resultó a Clara más peligrosa que el mensaje.
Cuando las puertas se abrieron en el piso treinta y dos, dos guardias de seguridad esperaban. No miraban a Darío. Miraban a Clara.
—Señorita Belmonte —dijo uno—, acompáñenos.
Darío se interpuso con una sonrisa fría.
—Es mi invitada.
—Órdenes del consejo.
—Yo soy el consejo cuando el consejo miente.
Clara entendió entonces que no estaba entrando a una oficina. Estaba entrando a una guerra.