El archivo muerto olía a humedad, papel viejo y secretos que nadie había quemado por pura arrogancia. Lucas caminaba delante, revisando sensores. Clara llevaba una linterna y una rabia que le ardía más que el miedo.
—Debí buscarte —dijo él de pronto.
—Sí.
—Pensé que si desaparecía te protegía.
Clara soltó una risa seca.
—Qué generosos son los hombres cuando deciden por una.
Lucas aceptó el golpe en silencio. Tal vez porque sabía recibirlos. Tal vez porque ese dolía más que cualquiera en el ring.
Encontraron la caja asignada al caso Miralles en una estantería sin etiqueta. Dentro no había expedientes, sino un móvil antiguo envuelto en plástico y una pulsera de acreditación: TORNEO HORIZONTE, CIUDAD DE MÉXICO, 1986. Clara frunció el ceño.
—Esto no es del caso.
Lucas encendió el móvil con una batería portátil. Contra todo pronóstico, la pantalla parpadeó. Había un único vídeo. En él, una mujer de unos cincuenta años miraba a cámara desde una habitación de hotel.
“Si esto llega a Clara Valdés, significa que no pude declarar. Me llamo Inés Salvatierra. Fui contable de Ochoa desde el torneo del 86. El dinero nunca fue deportivo. Usaron combates, patrocinios y despachos legales para comprar jueces, políticos y absoluciones. Esteban Rivas tiene la llave. La prueba no está en papel. Está en su voz.”
La grabación se cortaba ahí. Clara sintió un escalofrío.
—Inés Salvatierra murió hace tres meses —dijo—. Accidente doméstico, según la prensa.
Lucas miró hacia el techo. Las cámaras del archivo estaban apagadas.
—No estamos solos.
La puerta metálica se cerró con un golpe. Una alarma contra incendios empezó a parpadear, pero no sonaba en el resto del edificio. El sistema de ventilación expulsó humo. Clara tosió, guardando el móvil en el bolsillo interior de su chaqueta.
—¿Otra vez un aparcamiento? —dijo ella, intentando bromear mientras los ojos le lloraban.
Lucas encontró una barra de hierro caída y golpeó el panel lateral de emergencia. Nada. Luego se quitó la chaqueta, envolvió su mano y rompió el cristal de una compuerta de mantenimiento. El borde le abrió los nudillos.
—Sube —ordenó.
—No me ordenes.
—Entonces decide rápido.
Clara trepó primero. El conducto era estrecho, caliente y oscuro. Lucas la siguió, empujando desde atrás. Durante varios minutos avanzaron arrastrándose, hasta caer en una sala técnica del piso 85.
Cuando al fin respiraron aire limpio, Clara vio la sangre en la mano de Lucas y, sin pedir permiso, le vendó los nudillos con su pañuelo.
—Sigues metiéndote en jaulas por culpa de otros —murmuró.
—Y tú sigues rompiendo ventanas para salir.
Se miraron demasiado cerca. Por un instante, el humo, el miedo y los años se volvieron una distancia ridícula. Lucas levantó la mano sana hacia el rostro de Clara, pero antes de tocarla, el móvil antiguo vibró.
Un mensaje nuevo apareció en la pantalla:
“Si queréis la voz de Rivas, subid a la azotea antes de las 18:00. Y no confiéis en la mujer de rojo.”
En ese mismo momento, por la cristalera de la sala técnica, Clara vio pasar a la nueva directora de comunicación del despacho: Vera Solís, vestida con un traje rojo impecable.
Y en su mano llevaba la tarjeta de acceso de Clara.