Lucas Mena no esperaba encontrarla tan distinta. Clara conservaba la espalda recta y los ojos oscuros, pero algo en ella parecía vivir detrás de una puerta cerrada con siete llaves. Cuando sus miradas se cruzaron, el zumbido de la oficina desapareció por un segundo.
—Valdés —dijo él, usando el apellido como escudo.
—Mena —respondió ella, igual de fría.
Nadie en la planta 86 sabía que, seis años antes, Clara había ido a un gimnasio clandestino buscando a un testigo para salvar a su primera clienta. Nadie sabía que Lucas había aceptado declarar contra un promotor que amañaba peleas y lavaba dinero a través de patrocinios deportivos. Nadie sabía que esa misma noche alguien los siguió, los encerró en un aparcamiento y Clara se cortó la muñeca al romper una ventanilla para escapar.
Lucas sí lo sabía. También sabía que después se marchó sin despedirse.
—Necesito revisar los accesos del archivo muerto —dijo él, profesional.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
—Porque anoche alguien entró con tu tarjeta.
El suelo pareció inclinarse. Clara no usaba aquella tarjeta desde hacía meses. Lucas le mostró una pantalla: 02:17, planta subterránea, registro abierto con su código.
—Me están tendiendo una trampa —susurró ella.
—Entonces camina con cuidado.
—¿Eso es todo? ¿Después de seis años, vienes a decirme que camine con cuidado?
La dureza de Lucas se resquebrajó un instante.
—Vengo porque me contrataron para descubrir una filtración. Y porque alguien me envió esto.
Sacó de su chaqueta una segunda fotografía. Era la misma escena de México 86, pero desde otro ángulo. Esta vez se veía el rostro del hombre junto a Esteban: Damián Ochoa, empresario mexicano investigado por sobornos internacionales y recientemente absuelto en un juicio que la prensa había llamado “el veredicto imposible”.
Clara recordó titulares, tertulias, documentales, expertos gritando en televisión. Todos hablaban del veredicto, nadie de las pruebas que habían desaparecido.
—El caso Miralles, la pelea arreglada, Ochoa… —Clara tragó saliva—. Todo está conectado.
Lucas asintió.
—Y alguien quiere que lo sepamos.
Antes de que pudiera decir más, los móviles de toda la oficina vibraron a la vez. Un correo anónimo acababa de llegar a cada empleado del despacho: “Clara Valdés robó pruebas del archivo. La verdad saldrá hoy.”
La planta se llenó de murmullos. Esteban apareció al fondo del pasillo, fingiendo preocupación.
—Clara —dijo con voz dulce—, acompáñame. Tenemos que hablar antes de que esto empeore.
Lucas dio un paso entre ambos.
—No irá sola.
El despacho entero entendió el gesto. Y Clara, que no necesitaba salvadores, se sorprendió deseando que aquella vez Lucas no se marchara.