Clara Valdés aprendió a sonreír sin mostrar los dientes el día en que todos en el despacho empezaron a llamarla “la marcada”. No era un apodo oficial, claro; en la planta 86 de la Torre Belagua nadie decía las crueldades de frente. Allí las cuchilladas se daban con correos copiados a dirección, ascensos congelados y silencios demasiado largos en el ascensor.
La marca era pequeña: una cicatriz en forma de media luna en la muñeca izquierda, recuerdo de una noche que no aparecía en ningún expediente. Para la prensa, Clara había sido la joven promesa del derecho mercantil que “olvidó” presentar una prueba clave en el caso Miralles. Para los socios, la abogada brillante que se volvió incómoda. Para ella, la única testigo de algo que no podía demostrar: que su jefe, Esteban Rivas, había manipulado un contrato público, destruido documentos y entregado a una inocente a la cárcel.
Aquella mañana, Clara llegó antes que todos. Madrid aún estaba gris tras los cristales y las luces de la sala de juntas parecían quirófanos encendidos. Sobre su mesa había una carpeta sin remitente. Dentro, una foto borrosa: Esteban Rivas estrechando la mano de un hombre con el rostro oculto por la sombra. Al fondo, un cartel antiguo: MÉXICO 86, TORNEO DE EXHIBICIÓN.
En la esquina de la foto, escrito a mano: “No fuiste la única que vio.”
Clara sintió que el pulso le golpeaba la cicatriz. Guardó la foto justo cuando la puerta se abrió.
—Llegas temprano para alguien que no tiene casos importantes —dijo Esteban, impecable, con su sonrisa de sentencia.
—O tarde para alguien que aún cree que puede corregir errores —respondió Clara.
Él miró su muñeca. Siempre lo hacía. Como si la cicatriz le perteneciera.
—Hoy viene el nuevo responsable de seguridad interna. Un fichaje especial. No lo incomodes con tus fantasmas.
Clara no contestó. Pero cuando Esteban salió, el cristal de la sala reflejó a un hombre alto junto a la recepción, con la nariz rota de quien había recibido demasiados golpes y la postura tranquila de quien había aprendido a devolverlos.
Lucas Mena. Campeón nacional retirado. El chico del barrio que una vez prometió no volver a trabajar para ricos. El hombre que, años atrás, había desaparecido de un ring después de una pelea arreglada.
Y el único que había estado con Clara la noche de la cicatriz.