Damián no llamó a seguridad. Eso fue lo que más asustó a Inés. Los hombres verdaderamente poderosos no necesitan levantar la voz.
—Te contraté porque quería verte de cerca —dijo él, caminando entre los sacos—. Siempre me pregunté cuánto recordabas.
—Lo suficiente.
—Los niños recuerdan monstruos, no hechos. Y los tribunales necesitan hechos.
Martín permanecía inmóvil. Inés evitó mirarlo. Si lo hacía, tal vez descubriría algo que no quería saber: culpa, miedo o una lealtad vendida.
Damián se acercó y, con una delicadeza obscena, tocó el pañuelo de Inés.
—Esa marca fue un accidente. Te caíste al correr.
Ella le apartó la mano.
—Mi padre no se cayó.
La sonrisa de Damián desapareció un instante.
—Tu padre robó dinero que no era suyo. Se asoció con gente peligrosa. Yo intenté ayudar.
—Matándolo.
—Cuidado. Hay cámaras.
Martín dio un paso al frente.
—Déjala ir.
Damián giró hacia él con una risa breve.
—Siempre el héroe tarde. Como en México.
La frase abrió una grieta. Inés entendió que entre ellos había una deuda antigua, algo más sucio que el miedo.
Damián ordenó a Martín que la acompañara fuera. En el ascensor, Inés no pudo contenerse.
—¿Cuánto te paga por vigilarme?
—No lo hago por dinero.
—Peor.
Martín pulsó el botón de emergencia. El ascensor se detuvo entre pisos.
—Escúchame. Entré contigo porque si te encontraba sola, desaparecías. Damián sabe todo lo que pasa en ese edificio. Todo.
—Incluido que tú me delataste.
—Yo le dije que iba a revisar el gimnasio. No que tú estarías allí. Alguien más le avisó.
Inés quiso no creerlo, pero había una verdad incómoda: solo una persona conocía su plan, además de Martín. Clara, su asistente temporal, la muchacha silenciosa que preparaba café y memos con una eficiencia excesiva.
—La carpeta existe —continuó Martín—. Pero no está en la caja fuerte. Damián la movió cuando supo que la fiscalía estaba cerca. La tiene en un archivo analógico, dentro del estadio viejo de Vallecas, donde entrenan los chicos becados.
—¿Y por qué no la entregaste tú?
Martín respiró hondo.
—Porque en esa carpeta también estoy yo.
Entonces se lo contó todo. La noche de 2002, Martín no solo había visto. Había firmado, días antes, un contrato falso que lo vinculaba al amaño de la pelea. Damián lo usó para obligarlo a callar. Si hablaba, su carrera, su familia y su libertad se hundían. Durante años, Martín vivió como un testigo que había elegido mentir para sobrevivir.
—Mi padre murió —dijo Inés—. Tú perdiste una carrera. No es lo mismo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
El ascensor volvió a moverse. Antes de que las puertas se abrieran, Martín le entregó una llave pequeña.
—Taquilla 86. Estadio de Vallecas. Si decides ir, no vayas sola.
Inés tomó la llave, pero no le dio las gracias.
Esa noche, Clara no apareció en la oficina. En su escritorio solo quedaba un móvil apagado y una nota escrita con prisa: “No fui yo. Me obligaron. Pregunta por el Veredicto”.