Inés no durmió. A las tres de la mañana volvió a ver el cuerpo de su padre, no en sueños, sino con esa precisión cruel que tienen los recuerdos enterrados: la camisa abierta, la sangre mezclada con polvo, un anillo de plata golpeando la chapa de un coche. Su padre había sido contable de un circuito de peleas clandestinas que, oficialmente, nunca existió. La policía dijo accidente. Su madre dijo silencio. Inés aprendió a vivir con otro apellido durante años.
Al día siguiente, Martín la esperaba en la cafetería del edificio.
—¿Siempre espías a tus compañeras de trabajo? —preguntó ella sin sentarse.
—Solo a las que reciben amenazas en el parking.
—Qué considerado.
—Qué imprudente, Inés.
Ella se quedó helada. Nadie en la empresa sabía que Inés Vidal no era su nombre de nacimiento. En su partida original figuraba como Lucía Mar. Solo tres personas conocían la verdad. Dos estaban muertas.
—¿Quién eres? —susurró.
Martín bajó la voz.
—Alguien que estuvo allí.
La mesa pareció alejarse. Él le contó una versión incompleta: en 2002, durante una gira de combates en México, Damián Salvatierra aún no era magnate, sino promotor menor con ambición desmedida. Hubo una pelea amañada, un boxeador que se negó a caer, una bolsa de apuestas que desapareció. El padre de Inés descubrió las cuentas y quiso denunciar. Martín, entonces un muchacho asustado, vio una discusión en un aparcamiento. Escuchó un disparo. Corrió.
—¿Y mi padre? —preguntó Inés.
Martín apretó la taza hasta blanquearse los dedos.
—Cuando volví, ya no respiraba.
—¿Volviste? ¿Después de correr?
Él no respondió lo bastante rápido.
Inés se levantó.
—No necesito confesiones a medias.
—Necesitas pruebas. Damián guarda un archivo físico, no digital. Lo llama “La Hemeroteca”. Está en una caja fuerte dentro del gimnasio privado, detrás de los sacos antiguos.
—¿Por qué me ayudas?
Martín la miró con una tristeza que no le quedaba bien.
—Porque el juicio empieza en diez días.
Inés conocía el juicio: la fiscalía investigaba a Horizonte Arena por blanqueo y manipulación de resultados. El país seguía cada filtración como si fuera una final. Pero nadie hablaba del asesinato de su padre. Nadie, salvo aquel hombre que la había nombrado como si tuviera derecho.
Esa noche, Inés se coló en el gimnasio privado con una tarjeta clonada. El olor a cuero y desinfectante le revolvió el estómago. Encontró los sacos, la pared falsa, la caja fuerte. Antes de que pudiera probar la combinación, las luces se encendieron.
Damián Salvatierra estaba en la puerta, impecable, sonriente.
—Lucía Mar —dijo—. Qué mayor estás.
Detrás de él apareció Martín, con una tarjeta de acceso en la mano.
Inés sintió que la traición era una cosa física, un golpe bajo las costillas.