Inés Duarte había sido fiscal hasta que un veredicto absurdo absolvió a seis empresarios acusados de contaminar la bahía. Aquella noche, renunció en directo, dejó su toga sobre el escritorio y abrió un gimnasio para chicos que no podían pagar terapia. Pero guardaba copias de casos imposibles en una habitación detrás del vestuario.
Allí, entre guantes viejos y carpetas selladas, Clara descubrió que su incendio no fue un accidente ni un intento de robo. Fue una limpieza. Su madre, Leonor Varela, archivista municipal, había encontrado una escritura original que demostraba que los terrenos costeros nunca pudieron venderse a empresas privadas. Si el documento aparecía, medio Puerto Claro tendría que ser devuelto a sus habitantes.
—Tu madre no murió en el incendio —dijo Inés.
Clara dejó de respirar.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Inés sacó una fotografía: una mujer de ojos cansados entrando en una clínica rural, dos meses después del incendio.
—La sacaron con vida. La escondieron. Después desapareció de nuevo. Creí que estaba muerta hasta que recibí esto hace una semana.
Le entregó a Clara una postal sin firma. En el reverso había una frase: “La marca recuerda lo que el papel no puede”.
Clara tocó su cicatriz. Por primera vez no ardía; latía.
El plan cambió. Ya no bastaba con denunciar el fraude Delta. Había que encontrar el documento original y a Leonor, si seguía viva. Inés propuso usar el Torneo de los Muelles, una velada de boxeo benéfica patrocinada por Aurum Nexo, como escenario para filtrar la información a la prensa internacional. Nadie esperaría una jugada legal dentro de un evento deportivo lleno de cámaras.
Mateo debía subir al ring en una pelea de exhibición contra Bruno Sanz, ex campeón local y guardaespaldas encubierto de Esteban Lira. Mientras todos miraran los golpes, Clara entraría al palco ejecutivo para conectar la memoria cifrada al servidor principal y transmitir los archivos a la nube judicial de Inés.
—¿Y si falla? —preguntó Clara.
Inés se ajustó las vendas de las manos, aunque no iba a pelear.
—Entonces improvisamos. La justicia siempre ha sido improvisación con buena ortografía.
La noche del torneo, el estadio olía a sudor, cerveza y promesas rotas. Clara avanzó entre invitados con un vestido negro prestado y un auricular escondido. Mateo, desde el ring, la vio pasar y por un instante olvidó levantar la guardia. Bruno le abrió el pómulo de un golpe.
—Concéntrate, abogado —gruñó Bruno—. Ella no va a salir viva de aquí.
Clara llegó al palco, conectó la memoria y la pantalla mostró: “ACCESO DENEGADO. AUTORIZACIÓN BIOMÉTRICA REQUERIDA”.
En ese momento, Esteban Lira apareció detrás de ella, aplaudiendo suavemente.
—Siempre fuiste brillante, Clara. Lástima que heredaste la terquedad de tu madre.
Clara no se movió.
—¿Dónde está?
Esteban sonrió.
—Más cerca de lo que imaginas. Y más callada de lo que te conviene.
Sacó una tarjeta metálica de su bolsillo.
—Para abrir ese servidor necesitas mi pulgar. Para salvar a tu madre, necesitas obedecer.
En el ring, Mateo cayó a la lona. El árbitro empezó la cuenta. Clara miró la pantalla, luego la mano de Esteban, luego la puerta entreabierta del palco. Una sombra femenina esperaba afuera.
La mujer levantó apenas el rostro.
Clara reconoció sus ojos.