Mateo la llevó a un café antiguo, lejos de las cámaras del distrito financiero. Clara aceptó solo porque había contado tres hombres siguiendo sus pasos desde la evacuación. Se sentó frente a él sin quitarse el abrigo, preparada para huir.
—Habla —dijo.
Mateo dejó sobre la mesa una carpeta de cartón.
—Aurum Nexo no es una empresa. Es una máscara. El proyecto Delta desvía fondos públicos a campañas políticas, compra jueces y financia desalojos en barrios costeros. Yo entré para reunir pruebas.
Clara soltó una risa seca.
—Claro. El millonario arrepentido. Muy conveniente.
—No soy millonario.
—Pero sí cobarde.
La palabra lo golpeó más que una bofetada. Mateo abrió la carpeta. Dentro había fotografías, contratos, correos impresos y una copia de una denuncia sellada por la Fiscalía Especial.
—Hace cinco años desaparecí porque iba a declarar contra el consorcio que provocó el incendio del archivo municipal. El mismo incendio donde casi mueres. Me interceptaron antes de llegar al juzgado. Me dieron dos opciones: callar o ver cómo te culpaban a ti de robar documentos. Elegí mal, Clara. Elegí salvarte sin preguntarte si querías ser salvada.
Clara sintió que el café se encogía alrededor. Durante años había imaginado mil razones para odiarlo, pero ninguna incluía su propio nombre escrito en un expediente criminal.
—¿Y ahora qué quieres? ¿Redención con intereses?
—Quiero que seas testigo protegida. El archivo que copiaste contiene la llave para acusar al directorio. Pero necesitamos llevarlo a juicio antes de que lo borren todo.
Clara apoyó una mano sobre el bolso. La memoria cifrada pesaba como una piedra.
—No confío en ti.
—Haz bien. Pero confía en esto.
Mateo le mostró un video en su móvil: la escalera de emergencia de Aurum Nexo. El hombre del guante negro se quitaba la capucha al entrar en un pasillo privado. Era Esteban Lira, director financiero, mentor de Clara y la primera persona que le había dado una oportunidad cuando nadie contrataba a una chica marcada por un escándalo antiguo.
El estómago se le cerró.
—No —susurró ella—. Esteban me protegió.
—Te mantuvo cerca. Es distinto.
Antes de que Clara pudiera responder, una camioneta sin matrícula subió a la acera y se detuvo frente al café. Los cristales temblaron. Mateo la arrastró hacia la cocina mientras dos hombres entraban con cascos de motocicleta.
Corrieron por la puerta trasera, cruzaron un callejón lleno de cajas mojadas y llegaron hasta un gimnasio de barrio donde un grupo de boxeadores entrenaba bajo luces fluorescentes.
Una mujer de cabello plateado salió de entre los sacos.
—Llegan tarde —dijo—. Y trajeron problemas.
Mateo jadeó.
—Clara, ella es Inés Duarte. Exfiscal. Mi única aliada.
Inés miró la cicatriz que asomaba bajo el cuello rasgado de Clara.
—No, muchacho. Si esa marca es la que creo, ella no es tu testigo. Es la razón por la que todos empezaron a matar.