Clara Varela sabía leer balances como otras personas leen cartas de amor: encontraba las mentiras en los silencios, los huecos en las cifras demasiado perfectas, el temblor de una firma falsificada. Por eso, cuando entró a trabajar en Aurum Nexo, la empresa energética más admirada de Puerto Claro, nadie se sorprendió de que en tres meses ya hubiera descubierto errores que los auditores externos habían pasado por alto durante años.
Lo que nadie sabía era que Clara tenía una marca detrás del hombro izquierdo, una cicatriz en forma de media luna que ardía cada vez que estaba cerca de una mentira importante. No era magia; al menos ella se repetía eso. Era memoria del cuerpo. A los diecisiete años sobrevivió al incendio de un archivo municipal donde murieron dos funcionarios y desaparecieron documentos sobre la venta ilegal de terrenos costeros. Desde entonces, el dolor le avisaba cuando una verdad enterrada estaba a punto de respirar.
Aquella mañana, la cicatriz le quemó mientras revisaba el expediente del proyecto Delta: una red de baterías urbanas que prometía convertir a Puerto Claro en capital de energía limpia. Los números eran hermosos, demasiado hermosos. Había facturas duplicadas, proveedores fantasma y transferencias a una fundación sin empleados. Al ampliar una imagen escaneada, Clara encontró un nombre que no debía estar allí: Mateo Rivas.
Mateo no era solo el jefe legal de Aurum Nexo. Era el hombre que cinco años atrás la había dejado plantada en una estación de tren con una maleta, un anillo barato y una explicación que nunca llegó.
Cuando Clara levantó la vista, lo vio al otro lado del cristal de la sala de juntas. Traje oscuro, barba de dos días, la misma forma de apretar la mandíbula cuando algo lo preocupaba. Él también la vio. Y durante un segundo el edificio entero pareció quedarse sin electricidad.
Clara cerró el archivo, lo copió en una memoria cifrada y lo escondió dentro del forro de su bolso. Dos minutos después, todas las pantallas de la planta ejecutiva se apagaron. Luego sonó la alarma de evacuación.
En la escalera de emergencia, alguien la empujó contra la pared.
—Devuelve lo que encontraste —susurró una voz masculina—. O esta vez el incendio no dejará testigos.
Clara cayó de rodillas. Cuando logró girarse, solo vio un guante negro desapareciendo entre la gente.
Al llegar a la calle, Mateo la tomó del brazo.
—Clara, ven conmigo.
Ella se soltó.
—Ya aprendí lo que pasa cuando te sigo.
Mateo miró alrededor, pálido.
—Entonces escúchame por una vez: si viste el archivo Delta, tu vida acaba de cambiar.
Clara sintió la cicatriz arder como una brasa. No era una amenaza cualquiera. Era una verdad.