Clara volvió a su apartamento y encontró la cerradura intacta, pero el orden cambiado. Los libros estaban exactamente donde debían, aunque todos girados medio centímetro hacia la derecha. Alguien quería que supiera que había entrado.
Sobre la mesa la esperaba una cinta de casete, absurda y antigua, con una etiqueta: “Velódromo Sur. Cabina 3”. Clara ya no tenía reproductor, así que cruzó la ciudad hasta el taller de Simón Baeza, un exciclista que había sido amigo de su padre y que ahora reparaba bicicletas de reparto.
Simón vio la cinta y palideció.
—Tu padre no murió por el incendio —dijo antes de escucharla—. Murió porque vio a quién le pagaban para perder.
La grabación estaba llena de ruido, pero una voz se distinguía con claridad. Esteban Lirio hablaba con un juez deportivo y con un patrocinador extranjero. Planeaban manipular la final, lavar dinero mediante apuestas y comprar terrenos alrededor del velódromo cuando el escándalo hundiera el barrio. Luego otra voz, femenina, interrumpía: “Tengo copias. Si tocan a mi hijo, las publico”.
Adrián reconocería esa voz. Clara también, por la foto: era la madre de Adrián.
Antes de que pudieran copiar la cinta, una moto sin matrícula se detuvo frente al taller. Simón empujó a Clara hacia la trastienda justo cuando dos hombres rompieron el cristal. Hubo golpes, metal contra hueso, bicicletas cayendo como esqueletos. Clara corrió por la salida trasera con la cinta dentro de la bota. Al mirar atrás, vio a Simón arrodillado, con una pistola en la nuca.
—¡Entrega la prueba! —gritó uno de los hombres.
Clara se detuvo. La cicatriz le ardía como si el pasado volviera a quemarla. Entonces apareció Adrián con un coche robado de la propia empresa, subió a la acera y obligó a los agresores a apartarse. Clara saltó dentro. Simón, ensangrentado, logró escapar hacia un portal.
—Mi padre sabe que la tienes —dijo Adrián, acelerando.
—Tu padre no es el único —respondió Clara—. Hay jueces, periodistas, policías. Esto no es una empresa corrupta. Es un teatro completo.
Esa noche, escondidos en un hotel de carretera, Clara y Adrián vieron cómo el país discutía sobre ellos. Unos la llamaban oportunista. Otros, amante despechada. Nadie hablaba de la cinta. La opinión pública necesitaba villanos simples, no verdades incómodas.
Adrián recibió entonces un mensaje de un número desconocido: “Si quieres salvarla, ven solo al velódromo mañana. Trae la cinta. Tu madre eligió mal. No repitas su error”.
Clara leyó el mensaje y entendió la trampa. Pero también entendió el anzuelo: Esteban Lirio quería la prueba antes de la audiencia judicial del lunes, cuando se decidiría si el proyecto del velódromo seguía adelante.
—No iremos solos —dijo ella.
—¿A quién podemos confiarle esto?
Clara miró la televisión. En pantalla, el periodista que la había destruido sonreía ante la cámara.
—A quien más necesita quedar como héroe.